Mi tío (todos nos rompemos)

El tío me mira fijamente, pero en su mirada cristalina y vacua no hay apenas vida. Únicamente muestra un leve reflejo de la persona que fue antes de que le diagnosticasen un Glioblastoma multiforme en su cerebro.

Hablamos y cenamos, ejecutando una función teatral para él, aunque hace tiempo que dejó de interesarse por lo mundano, aunque hace semanas que ya no habla, anda o nos reconoce.

Se va a morir y pienso que la vida tiene esas ironías, tan macabras que te dan ganas de agarrarla por sus trenzas y de darle por el culo hasta que le duela tanto como a mí el corazón. Miro a mi familia y veo el dolor reflejado en sus caras. Hace tiempo que no lo ocultan, no desde que mi tío se puso tan mal.

Él sonríe. Su mujer se ha acercado y le da de comer, tiernamente. Le limpia la comisura de los labios y espera pacientemente a que termine de masticar y de tragar. Se quieren con locura, de una forma tan extrañamente sincera que duele mirarlos; él postrado en una silla de ruedas y ella, a su lado, tan maternal y marital.

Alguien hace una gracia y nos reímos. Mi tío levanta la mirada del plato y nos mira, el jolgorio le hace volver a sonreír. Alguien le hace un chiste. No le mira. Sigue comiendo.

Se va a morir y pienso en las oportunidades que he perdido de estar con él, de charlar y de preguntarle aquellas cosas que piensas que nunca tendrás que preguntar. La vida son aquellos momentos que dibujamos o aquellas melodías que componemos. Siento que me he quedado a medias con él.

Me levanto y me despido de todos. Le doy un beso en la mejilla. Le agarro de la mano y le digo que mañana nos vemos donde siempre, que no se porte mal, que la tía tiene muy malas pulgas. Se ríen, aunque desearían llorar.

Bajo las escaleras de dos en dos, con la cabeza embotada. Por un minuto siento que no soy yo el que está ahí, sino que es un ser extraño el que ha terminado por poseer mi voluntad. Todo me parece tan lejano, tan raro y perdido que parece sacado de alguna de mis pesadillas o de alguna de las resacas que me despiertan cada fin de semana.

Ya en la calle enciendo un cigarrillo. La noche es fresca, pero no parece que estemos en otoño; el verano alarga sus cálidos dedos y permite que caminemos, todavía, con ropa ligera. Una pareja pasea al perro, ella deja caer su cabeza sobre el hombro de él, que camina lentamente mientras el animal olisquea los orines del barrio.

Es interesante observarlos, imaginar sus anhelos, sus miedos y sus esperanzas; fantasear con sus gestos, sus dudas, sus odios y sus rencores. Preguntarse si ellos también sienten que han perdido las oportunidades con algunas personas, que han marrado a la hora de aprovechar aquellos instantes, aquellos momentos tan cotidianos y simples que, al final, acaban por convertirse en los más trascendentales.

Termino el cigarrillo y decido que quiero verla, así que tuerzo a la izquierda y subo la cuesta hasta su portal. Voy a llamar al telefonillo cuando una entrañable señora abre la puerta, sale a tirar la basura. Entro al descansillo, pero espero a que la anciana llegue, sujetándole la puerta. Me sonríe y me dice algo así como que ya no quedamos jóvenes como los de antes. Que no me eche a perder. Se me escapa una carcajada. Ella llama al ascensor, yo subo andando.

Inés abre la puerta, su cara refleja una lucha entre la alegría y la sorpresa. Finalmente se impone la primera.

No te esperaba esta noche, me dice mientras me invita a pasar. La casa huele a cena. Me descalzo y camino hasta la cocina, donde supongo estará terminando de comer.

No tenía intención de venir, pero así ha surgido, Inés. Le ayudo a recoger la mesa y a secar los restos de la cena mientras ella los friega. Lleva un fino pijama de seda que marca sus formas, un mapa que he recorrido tantas veces que podría dibujarlo con los ojos cerrados.

Bueno, pero estás aquí. Sonríe y eso me reconforta. Saca una botella de patxaran y dos vasos. Yo enciendo dos cigarrillos. Me pide que me siente a su lado y que le cuente qué me pasa.

Bebemos y charlamos durante un buen rato. Ella me coge de la mano y la besa. La fotografía de su marido preside la sala de estar. Se casaron hace tres años, tantos como las primaveras que están intentando ser padres sin éxito. Él trabaja en una importante multinacional japonesa y viaja demasiado, tanto que ella ha olvidado cómo huele su colonia.

La conocí en el bar en el que trabaja. Una noche salí a tomar unas copas con mis amigos y terminamos a las cuatro de la madrugada en su pub. Una hora después me abandonaron y me quedé acompañado de mi bebida. Ella se acercó, me avisó que iban a cerrar así que tendría que apurar el trago. Hice un chiste, se rió, charlamos, me invitó a un tequila, seguimos charlando y acabé en su cama.

Este fin de semana me toca trabajar en el bar. Sus palabras me sacan de mis ilusiones y me traen a la realidad, aquella en la que mi tío va a fallecer porque su cuerpo así lo quiere.

No te preocupes, nos acercaremos por allí.

No, mejor que no lo hagas, Jon ya me avisó de que si me volvía a ver tonteando con clientes se acabaría mi suerte… además, conoce a Iker.

Nos quedamos viendo la televisión, algún programa de telerrealidad. La vida es mejor aquí fuera que allí dentro, pienso. No hacemos el amor, nos quedamos dormidos.

***

Despierto a las 11:00 de la mañana. Estoy solo. Doblo la manta y la guardo en el armario donde la deja siempre Inés. En la cocina había una nota:

Tienes café en la cafetera. Come algo. Ten buen día.
I.

Bajo a la calle veinte minutos después. Antes de ir a casa decido pasar por el estanco. Salvador me saluda cortés. Es un hombre muy agradable que siempre espera a la mínima oportunidad para entablar una conversación. Bajito y con cara de rata es muy querido en el barrio.

¿No estudias hoy, gandul?, me dice.

Hace tiempo que terminé los estudios, Salvador, ahora tengo que preparar el proyecto de fin de carrera.

Bueno, pues eso, te estás volviendo un vago. Lo noto, ¿qué horas son estas para bajar al estanco? Tendrías que estar haciendo algo de provecho. En realidad no me está reprochando nada, quiere comenzar una conversación y no sabe cómo.

Se quedó viudo muy joven y tuvo que criar a su hija Anna, una belleza que heredó lo mejor de su madre rusa. Pero si la vida no había sido lo suficientemente trágica con él, una noche, un desalmado la arrolló y mató al instante.

Todos nos terminamos por romper en algún momento y él lo hizo en el momento en que tuvo que reconocer el destrozado cadáver de su niña.

Muchos bromean hablando de lo chiflado que está, pero yo creo que es el más cuerdo de todos nosotros. Alguien que ha lidiado con la muerte y la tragedia y se mantiene estoico en el mundo de los vivos, sin perder la sonrisa… es el más cabal de los locos.

A eso voy, pero primero necesito mis Camel Light, sino no me concentro, le digo extendiendo un billete de 10 euros y mi mejor sonrisa.

Me devuelve los cambios y me dice que soy un buen chico, aunque últimamente ando atolondrado y triste, que él sabe ver esas cosas en los ojos de la gente.
***

En casa me espera mi madre, preocupada. ¿Dónde te metiste esta noche? No sabe nada de Inés y menos que está casada. No lo necesita.

En casa de Gorka, documentándonos para el proyecto.

Hijo, tienes que avisarnos, bastante tenemos con lo de tu tío como para andar preguntándonos dónde pasarás la noche.

Odio que utilice la primera persona del plural. Se divorciaron hace siete años, ella se quedó con la casa y con el hijo. Él con la amante.

Siempre batallas en estas cuatro paredes, silencios dolorosos y eternos. Comidas sin palabras y llenas de miradas furtivas ¿y el amor? El amor entre las piernas de otra.

Su separación fue como un armisticio largamente esperado. La crónica de una muerte anunciada. Estuvieron tantos años, demasiados, aguantando, posando para la galería, que el daño fue irreparable. Su egoísmo y sus miedos les impidió ver más allá de sus narices, nunca supieron que su hijo cambió de carrera dos veces o que estuvo tan enamorado que a punto se marcha del país.

***

La casa del tío está llena de primos y de sobrinos, gente que viene a saludarle y a estar un rato con él. Le hablan, le hacen carantoñas, le cuentan su día, pero él no escucha. A nadie parece importarle.

Algunos se han servido vino y cerveza y hablan del partido de este fin de semana. El derby. Mi tío odiaba el fútbol. A nadie parece importarle.

Mi tía, que ha hecho el amago de irse a dormir un rato, me llama y me pide tabaco. Le apetece hablar. Está consumida, casi tanto como mi tío. Es una sombra de la mujer que fue hace dos años, cuando comenzó esta batalla.

Sonríe con el alma, porque ni los ojos ni la boca pueden; pero no es necesario que lo haga. No por mi.

Quería hablar con alguien cuerdo, no con esa banda de insensibles que están en mi salón, bebiendo su vino y su cerveza, me dice.

La miro fijamente, sorprendido, mientras exhalo el humo del cigarro. Del salón nos llega el sonido de las carcajadas, alguien habrá hecho alguna gracia, pienso.

Sé que está siendo muy duro para ti, que estabas muy unido a él. Me agarra de la mano y no sé qué decir. Sigo en silencio, fumando y mirándola.

Es tan joven… es tan injusto… teníamos tantos planes. No llora, pero su voz tiembla. La abrazo y le acaricio el pelo.

Todos nos rompemos, tarde o temprano, y noto que mi tía está a punto de hacerlo. Pienso en todas las cosas que tenían que hacer, en todos los lugares por descubrir, las ilusiones por cumplir y los sueños por realizar… pienso en cómo lo cotidiano es lo imprescindible. Lo primigenio. En cómo nos encargamos de destrozarlo, de salir a buscar fuera lo que tenemos dentro.

Y entonces pasa. Las risas y el alboroto dan paso a las carreras y a las llamadas urgentes.

¡Qué alguien llame a una ambulancia!

Mi tía corre, tira el cigarro al suelo. Yo la persigo por el pasillo. El salón está lleno de primos y de sobrinos que han venido a ver a mi tío, pero ahora ninguno se acerca a  él. Se convulsiona, la espuma se escapa por sus labios. Está a punto de caerse de la silla de ruedas. Mi tía le agarra mientras su cuerpo adopta posiciones cada vez más imposibles y extrañas.

Nadie se acerca.

Ella le habla, pausadamente y con cariño. No te preocupes mi vida, todo va bien, estoy aquí, a tu lado… Le agarra cada vez más fuerte, como si ese fuese el último apretón de manos que se vayan a dar.

Nadie se acerca.

El tío se calma y deja de convulsionar. Ella sigue hablándole, le cuenta lo mucho que le quiere, que no le va a abandonar, que va a caminar con él hasta donde sea necesario, que no tenga miedo porque ella no lo tiene… Su voz es tan suave y dulce que se nos encoge el corazón.

Nadie se acerca.

Eneritz rompe a llorar. Tiene 10 años. Su madre, hermana de mi tío, la abraza y salen del salón. Los demás se quedan ahí, observando la escena como quien admira un cuadro en un museo. Nadie habla, nadie se acerca. Solo se escuchan los susurros de mi tía, que acaricia cariñosamente la frente y la cara del mi tío. Están solamente ellos dos, el resto hemos desaparecido.

***

Mi tío murió y llevo dos meses sin ver a Inés. Su marido volvió de viaje, quedándose por una temporada larga en Bilbao. Me mandó un correo electrónico: Estoy embarazada, rezaba, pero me tranquilizó asegurándome que yo no era el padre.

Llevo dos meses sin verla y no me importa porque lo nuestro no era tal, igual que no era lo de mis padres, siempre en las trincheras, con la boca llena de reproches y los abrazos repletos de odios.

Llevo dos meses y me es indiferente, porque el único amor verdadero que he conocido y vivido, aquel que se entrega sin concesiones, se quedó en aquel salón a dos manzanas de mi casa.

Todos nos rompemos, tarde o temprano, y yo creo que estoy a punto de hacerlo.

Virginia

Recuerdas a Virginia, tumbada sobre la cama, con su sonrisa permanente y esa mirada azul, cristalina y franca, catalizadora de todas las cosas buenas que nacían aquellos días en tu corazón.

La recuerdas con su alegría, con sus ganas de vivir, su pasión por conocerte y desnudarte, con su ansia por cambiarte y reformarte. Estás ahí, sentado frente a una hoja en blanco, mirándola mientras duerme. Piensas en lo mucho que te inspira, en todas las conversaciones que habéis tenido. En su madurez y en su cabecita tan bien amueblada, sus planes de futuro, contigo y sin ti. Piensas en esa independencia tan suya y dolorosa, en su desarraigo y en su autodeterminación… Y comienzas a escribir.

¿Qué escribes?, te pregunta con su pequeña carita pegada a la palma de la mano. La observas a través del espejo y recuerdas su cuerpo desnudo, tapado por la sábana, el piercing en el labio; piensas en el tatuaje de la cadera, en su pubis completamente depilado y en todas las veces que habéis hecho el amor ese día.

Te levantas y le das un beso en la frente. ¿Quieres café?, le preguntas. Te dice que sí mientras se incorpora y se va vistiendo. Llueve. Calientas la leche a la vez que fumas un cigarrillo, has perdido la cuenta de los que llevas hoy, aunque el cenicero puede dar buena cuenta.

Nochevieja de 2002, recuerdas. Han pasado casi cuatro meses desde que os conocisteis, pero todavía te viene a la cabeza el olor de su perfume y el tacto de su disfraz. Una noche loca, como todas las de fin de año, piensas. Casi cuatro meses en los que habéis vivido deprisa y pensado poco. Demasiada pasión, consideras, pero te da igual, porque sin pasión no vale la pena. Nada importa, nada es relevante si no se hace instintivamente, sin la concupiscencia de las decisiones impulsivas. Nada importa con 22 años, aunque no lo valorarás hasta dentro de unos más.

¿Bajas a por tabaco?, deja la taza de café en el fregadero y se acerca a ti, junta su cuerpo al tuyo, te planta un suave y coqueto beso en los labios, sabe a moca y a tabaco, a descaro y a erotismo. Tira de tu camiseta para que te acerques, tus manos, lascivas, buscan por debajo de la suya esas formas tan redondeadas y finas.

Cruzando la calle mojada, sin paraguas y sin prisa, buscando un maldito estanco abierto o algún bar, recuerdas cómo llevabas meses sin escribir una sola línea, sin publicar un exclusivo relato; ahora tu suerte ha cambiado y la vida te sonríe, pero esas cosas no las valoras en ese momento, porque con 22 años poco importa que rueden los dados de la Fortuna, nada significa navegar con rumbo fijo en un mar repleto de fronteras y cortapisas. Ahora es EL momento, el único y mágico instante en el que vives; tus dedos tienen el hechizo y tu mente realiza el encantamiento que se materializa con cada frase, con cada párrafo.

Te gusta la lluvia, adoras el color plomizo que pinta el cielo, esa tristeza crónica que invade a las aceras, a los establecimientos y a los semáforos. Compras un par de Chesterfields y conversas con los parroquianos mientras apuras una cerveza. Tienes ganas de volver a ponerte delante del ordenador a escribir, lo notas en los dedos y en la cabeza; tienes ganas de su sudor y de su saliva, también.

***

Recuerdas a Virginia estudiando los últimos exámenes de la carrera, con el ceño fruncido y la cara repleta de concentración. Sus labios torcidos levemente te cuentan que hay algo que no comprende y que se le atraganta. La recuerdas subrayando los apuntes, repasando con preocupación las anotaciones. No te preocupes, seguro que saldrán bien, le dices. Ella sonríe y acepta la taza de café. No trabajas, escribes. Ella no escribe, trabaja los fines en una tienda de ropa. No lo sabes, pero ha pedido los dos últimos fines de semana libres para estar contigo, no para estudiar. Pero tú no estás con ella, estás haciendo tu magia, concentrado. Con casi 23 años no reparas en lo lejos que te encuentras de ella, pero te darás cuenta años después. Probablemente no.

Te gusta lo que haces, capturas recuerdos y les das vida. Te gusta ella, te vuelve loco su cabecita tan decidida, sus conversaciones, biología y metafísica pura. Te gusta tanto que casi se ha convertido en una necesidad directamente proporcional a la distancia que os separa paulatinamente.

Fumáis, bebéis, salís, hacéis el amor y compartís recuerdos. Sin pausa, sin tregua, sin haceros daño. Respirando cada día, cada instante y cada momento; haciendo planes imposibles, esquivando verdades y viviendo en tu egoísmo. Pura y dolorosa filantropía.

Recuerdas a Virginia el día de su licenciatura. Resplandeciente en el claustro, inquieta e insegura. Lo has conseguido, le dices. Te coge la mano y la aprieta con fuerza. No te mira, pero no te suelta. No lo sabes, pero lleva semanas fantaseando con dejarte y aceptar ese trabajo en Barcelona del que te ha hablado, pero del que nunca has oído, porque siempre estás tan ocupado escribiendo. Le das un beso en la mejilla y un suave empujón en el culo cuando abren las puertas del paraninfo. Vas al final, te quedas de pie, lejos del resto de la gente. No lo sabes, pero ella quería que te sentases en las primeras filas, con sus padres, que los conocieses finalmente, presentarte y llevarte a comer; pero con 23 años todo son excusas, aunque en realidad son miedos y complejos. Lo sabrás unos años después.

Llueve, siempre llueve en esta ciudad. Fumas y caminas hasta casa, pensando en lo orgulloso que estás de ella, pensando en el siguiente capítulo; imaginando las horas que pasarás, esa noche, buscando respuestas y enterrando fantasmas entre sus piernas. Preparas la cena, un homenaje. Cocinas con fruición y preparas los discos de su adorado Aute, no te gusta mucho eres más transgresivo, pero esta noche son la banda sonora que quieres escuchar. La esperas, le mandas un mensaje, llamas a su móvil. Apagado y fuera de cobertura.

No lo sabes, pero esa noche está con un compañero de promoción purgando su alma y los pecados. Hablando, solamente hablando. Él no es tú, pero escucha. Él no es tú, pero oye. Él nunca será tú, pero la hace sonreír. No lo sabes, pero lo descubrirás dentro de unos años, cuando se prometan.

***

¿Qué escribes?, te pregunta con su pequeña carita pegada a la palma de la mano. La miras a través del espejo, observas sus formas pequeñas y firmes. Sonríe mientras se despereza de la siesta. Hace cuatro meses que estáis juntos. Nochevieja de 2002. ¿Qué escribes?, se abraza a tu cuello, desnuda y feliz. Te revuelve el pelo mientras intenta leer por encima de tu cabeza.

¿Quieres café?, le preguntas. ¿Qué escribes?, responde. Te levantas, cierras el ordenador sin guardar la sesión. Te giras y la besas, sabe a siesta.

No lo sabes, porque tienes 23 años y vives instintiva y pasionalmente, pero aquellas fueron las mejoras páginas de tu vida.

Barcelona

Barcelona me recibe con olor a lunes,
a café para llevar
y a nicotina a tres grados centígrados.
Sus calles son el suave transitar de ilusiones,
pasiones y decepciones.

Me siento en Sants a observar el desquiciado cienpiés,
preñado de despedidas y de abrazos,
su luz es frágil y lejana,
como un sol de finales de enero,
un invierno tardío que oculta deseos de un futuro que no se presenta…
… puntual.

Y espero a que pase algo,
un milagro o , tal vez, un accidente
que de la vuelta a todo y que borre la sombras de los cristales,
que descubra la fragilidad que habita en nosotros.

Pero esta espera es como esperarte a ti,
es como imaginarte precisa y cierta,
una luz imprevista en un túnel desconocido,
como una sonrisa roja y una mirada castaña.
Esta espera es como esperar tus noticias,
imaginar tus señales y sentir que las cosas van bien.

Barcelona me recibe con su abrazo helado,
fumo e imagino que todo va bien,
mientras te espero leer…
… como un milagro.