Los tipos como yo

Hace tiempo que olvidé no meterme en líos
lo sé
y, tal vez, no seas lo que necesito en este momento
pero, las chicas malas con vuestra vida complicada,
tenéis ese encanto perverso
esa forma tan especial de caminar sobre los desastres,
de acariciar cada momento
convirtiéndolo en rock urbano.
Los tipos como yo
guardamos letras bajo la cama,
escribimos versos borrachos
mientras esperamos lanzarlos
–una noche de estas–
lo más cerca de nuestros enemigos.
A los tipos como yo,
puteros de la vida
ebrios de ilusiones
nos atrapan tus labios rojos,
ese caminar recomponiendo cada esquina
la verdad escondida en tus ojos
y tus problemas.
Tal vez no seas lo que necesito en este momento
de fuegos cruzados
y descontrol.
Tal vez no seas lo mejor,
pero somos bichos raros
adictos a la vida
al olor de la gasolina ardiendo en las carreteras.
Hace tiempo que olvidé no meterme en líos,
pero cuando olvido tu trazo
te dibujas en alguna señal,
en esta ciudad de escaparates grises
de aceras desamparadas
vagabundos incultos
y policías desbocados.
Cuando olvido tu rostro
te reflejas en el fondo de mi whisky
–20 pavos en el Harvelle’s, Downtown Santa Mónica, CA–
y me intento convencer
de que las chicas malas
no sois para tipos como yo.

Te acojonas

Sentimos que no podemos fracasar, creemos que estamos preparados para defender cualquier postura, solventar cualquier situación. Pero la verdad es que te acojonas cada vez que piensas que tienes que quedarte impertérrito, defendiendo la misma posición: tu única y endeble torre de marfil.

Y tu coraza a base de ‘Scotch’, ironía, nicotina, mala gaita y cierto aire presuntuoso se viene abajo cuando sientes que puedes perder otra oportunidad. Te revuelves como gato panza arriba y piensas en escabullirte, ocultarte, volver a enfundarte la armadura y olvidarte de patrullar por sus calles.

Pero allí aparece, bonita y sensual. Jodidamente chiflada, de una forma que te hace no parar de sonreír; extremadamente efímera, cercana y distante a partes igual, armónica y sensible. Ella cree que no sabes esas cosas, que no aprecias esos detalles; acostumbrada a sentirse deseada, habituada a las miradas lascivas de gente que se gira para verla pasar.

Siente que tus ojos le dicen lo mismo.

Es verdad, te imaginas cada palmo de su cuello, imaginas cómo tiene que follar, piensas en arrancarle la ropa, fantaseas con meter tu cabeza entre sus piernas, pero, sobre todo, deseas besar esos labios insolentes mientras hablas de zafia literatura, rock transgresivo y metafísica de bar.

También es verdad que admiras esa cabezita suya. Tan loca. Te encanta su actitud femenina, su lengua incontestable e incorregible y esa forma de hablar tan peculiar, que te hace desear decir: “ven conmigo al lado bueno de la vida”. Y consideras dejarte caer a pecho descubierto, saltar ese abismo y jugar tus cartas; pidiendo a Gillespie, Zappa, Mercury y a Camarón que nadie más haya apostado al mismo caballo ganador.

Y aunque sientes que no puedes fracasar, que estas preparado para defender tus flancos mientras imaginas cada rincón de su cuerpo, mientras disfrutas de cada apasionada y chalada frase, te acojonas, tu coraza vuelve a desarmarse y huyes a la vez que te repites que no volverás a patrullar.

Pero lo harás.