No es la misma

La lluvia de la mañana
no es la misma que la de la noche.
A primera hora cae desafiante
 
como si quisiera decirte
que te andes con pies de plomo
que sabe de dónde vienes.
 
A la noche, en cambio, cae lánguida
rendida
como si supiese
lo inevitable
que mañana volverás a salir
con tu sombra
y todos tus problemas
pegados a los zapatos.

Lluvia

Era la luz del último instante de la noche
también del brillo triste de tus ojos castellanos
verdes como los campos de trigo por germinar de tu tierra
eran los minutos improvisados del tiempo de descuento
también de tu voz pausada explicando tus decepciones
barnizadas de dulzura bajo esa sonrisa desencantada

era el momento de mirar la lluvia
en esta ciudad mía en la que no llueve
tanto como quisiera

no llovió
ni siquiera ese pretencioso sirimiri
que arranca con timidez
como pidiendo perdón por los paraguas abiertos
y que termina golpeando con despreocupación
las aceras
los taxis
y las marquesinas

esa lluvia que regala destellos de vigor
a la crónica que se escribe en mis calles
esa biografía de subsistencia en las huidas
en lo que algunos llaman vivir
mientras otros
simplemente
pasar la vida.

No llovió
y los únicos destellos fueron los de tus pupilas
encogidas en una risa febril por mi cháchara
apoyados sobre una frágil mesa
fumando ese sábado que asomaba prometedor
aún lejano
negociando en el horizonte las últimas páginas
de las historias que no terminarán a las puertas de este bar

o un poco más de ceniza
para esta nostalgia de febrero agostado.

No llovió
finalmente
pero tu mirada de selva abarcaba
todos los aguaceros que esperaba.

Estabas ahí
fumando
abrigada con mi chaqueta de cuero

y yo
tan enamorado de ti

porque no hay mujer
que haya conocido
de la que no me haya enamorado
por 10 minutos
o 10 años.

Volver

Siempre que llego a casa
me pregunto si esta llave abrirá la puerta
una vez más
gira
una, dos, tres y hasta cuatro veces.
Todo sigue ahí
en silencio, vigilante.
Nada falta, nada sobra.
Los discos, los libros, la colada
el orden y la vida haciéndose un hueco.

Cierro la puerta
como todas las mañanas
y no sé si está vez volveré.

Te he echado tanto de menos hoy

Hoy me he acordado de ti,
sentado en la terraza de mi bar favorito,
al resguardo del viento en los soportales
mientras observo el resto de mesas
repletas de bolsas,
de deseos y miradas,
de parejas y familias
con los labios manchados de invierno.

Me he acordado de ti
y ya sé que te lo prometí,
“no volveré a hacerlo”,
no después de tanto tiempo,
pero disfrutando de esta pequeña victoria,
preludio de otras tantas
o,
tal vez,
de nuevas derrotas,
he vuelto a tu voz,
a esas manos ásperas
y a esos ojos serenos,
tatuados de salitre
otoños
y literatura.

Hoy te he echado tanto de menos
que me he permitido el placer
-sé que te encantaba mi súper poder-
de volver a aquellos días,
con el sol de primavera,
los higos del caserío
los poemas de Pedro Salinas
y las novelas de Patrick O’Brian.
Tú,
que tanto me has escuchado,

que me dejaste ahorcarme con las cuerdas de mi guitarra.
Tú,
que siempre confiaste en mi,
perdóname por acordarme de ti.

Los niños de la mesa de al lado,
se pelean por las aceitunas del mosto
y persiguen a su perro por el soportal.
Ha pasado tanto tiempo,
me he dejado el pelo largo
-otra vez-
aunque me lo corté
-bastante esta vez-
hace unos meses.
Sigo igual que siempre,
indisciplinado,
aventurero
y solitario.
He perdido el paraguas en el metro
-ya sabes mi cabeza-
No ha cambiado mucho por aquí.

Te he echado tanto de menos hoy,
que me he dado el gustazo
de volver a aquellas tardes
de mis primeros whiskis
-los buenos,
los caros-
a las risas de amor en las Nocheviejas
a las historias de mar y piratas
y a tus palmadas
y sonrisas:
“Eres el tipo más informal que he conocido nunca
pero ya encontrarás a tu ángel de la guarda…
… llegará en el momento inoportuno”.
Vuelvo a tu optimismo existencial,
siempre valoraste las virtudes de mi buen fraude.

Por eso,
hoy me he acordado de ti,
mientras disfruto mi pequeña victoria.
Ojalá estuvieses para verlo.
No hay ángel de la guarda,
no hay momento inoportuno,
no hay preguntas sin respuesta.
Solo un pequeño rock and roll.

Hace frío,
se me ha acabado el tabaco,
he perdido el paraguas
y tengo que volver a casa.
Te prometo que no volveré a hacerlo.

Esta semana
iré a dejarte unas flores.

Idiota

Eres idiota.
Mirando por la ventana,
esperando a que te inviten a jugar.
Eres idiota.
¿Qué esperabas?

Hay partidas de ajedrez
que nunca terminarán.
Así que mejor no intentes comenzar.
Eres idiota.

Coge tu balón
y quédate con tu tristeza.
Por idiota.
¿Qué creías?

Ya no eres un gigante,
pero sigues siendo un niño,
te sientes solo
y mirando por la ventana…
… como un idiota.
Que es lo que eres
ahora mismo.

No hay partida.
Venga no te sorprendas,
en el fondo lo sabías.
Muy dentro de ti.
Pero claro,
me olvidaba que
eres idiota.

Anda venga,
búscate en estos versos,
y arrúllate la nana de los idiotas.
Has perdido,
resígnate
y firma aquí abajo,
a la derecha:

Idiota.

N

Son estas líneas las que me dan libertad,
un paraguas y armadura inoxidable para creer,
imaginar que nada puede derribar los castillos de naipes
que planté una soleada tarde de verano en mis calles.

En estos momentos encuentro el valor
y el calor para nadar como pez en el agua,
mientras imagino cómo será el color de tus ojos de noche
o el movimiento de tus pantalones verdes al compás de una cuesta.

Son estas líneas las que me dan abrigo,
una trinchera en la que resguardar las tropas,
un asidero donde plantar mi bandera y borrar las promesas,
los juramentos que crecieron sin patria y sin futuro.

En estos momentos me sorprendo,
cristalino y cabrón,
porque me imagino tu boca torcida en una sonrisa roja
mientras lees,
sabiendo que otras nos leen y que te odian.

Son estas líneas las que me dan libertad
para contarte a otros,
que nos leen con las voces ajenas
de su pretérito imperfecto.

En estos instantes soy feliz,
pueril e hijoputa,
porque me imagino tus manos, desconchadas en azul, deslizarse por tu pelo
mientras lees,
sabiendo que otras te leen…
… y te odian.

Son estas líneas las que me dan el valor para decirte,
contarte que acabas de empezar a escribir tu vida,
que sí, tiene borrones frescos,
pero que está pendiente de que escribas tus mejores capítulos.

En estos momentos me sorprendo,
transparente y me asusto,
porque tú te lees al leerme,
mientras ellas te odian.

Y no quiero que te odien.

A tumbos y a tumbas

Te quiero sentada en esa acera
embadurnada de toda la provocación que el alcohol te da.
Te quiero bailándole las horas a la noche
contoneando ese culo y caderas barnizadas de Levi’s negros.

Te quiero entre mis piernas
secándome las dudas con tus labios
y
también
atrancada en el baño, con mis urgencias y diferencias bebiéndose la cerveza en la cocina.

Te quiero con tu pantalón corto
joder, no,
te quiero sin el puto pantalón
te quiero sin la camiseta
te quiero desnuda.
Insaciable.
Ágil.

Pero a pesar de esto
te quiero con tus miedos,
con tus guerras
con tus dudas e incertidumbres.
Te quiero con tu música
y con tu cine.
Te quiero en mi móvil
a cualquier hora, cualquier día.
En cualquier momento.

Y entiendo lo que dices,
porque voy a tumbos y a tumbas
porque hay demasiada mierda que ordenar
y ya será lo que el tiempo nos deje hacer.
Seguro.

Así que sí,
corazón,
te quiero en pasado
y en futuro imperfecto,
pero sobre todo
te quiero cerca.

Un poema para mis urgencias

Te juro que esta urgencia
por excavarte hasta el centro de tu corazón
solo responde a las ganas
de descubrir quién eres
piel con piel.

Perteneces a esa tribu urbana
que descarrila las soledades,
que se bebe el último trago de la copa
mirando directamente a los ojos
a sabiendas
de que las cremalleras
están a punto de explotar.

No tengo mucho en los bolsillos
no se me dan muy bien las promesas
y soy Capricornio
–que no sé si es importante
pero va en mi currículum–

Tal vez
estas urgencias se aplaquen con un poema
tal vez
se me disparen
si me dices
“Why don’t we do it in the road?”.

Helado de limón

La imagino desnuda
estas noches de calor.
Sé que no es un delito desear saborearla
como un helado de limón
con esa canela afrodisíaca
que me dispara las perversiones
y congela el aire acondicionado.

La imagino

muy desnuda
tanto que el sol se esconde en mi cama
avergonzado de tanta luz
deseando
como yo
extender sus dedos desde los párpados a los pies
con una parada técnica en sus pechos
cintura
y caderas.

La imagino desnuda
porque es lo único que me queda
en este exilio de palabras hiladas
en este juego del gato y el ratón
esperando que me cace
y me deje saborear su esencia de limón
y canela.

Por sorpresa

La vida nos ha cogido por sorpresa.
Eso me digo algunas noches
mientras te imagino
al acecho de la luna
con las sábanas enredadas en los muslos
dorados y recién sudados.
Sé que no te gustan
y eso los hace más atractivos.

Te veo
sentada a mi lado
con tu risa infinita
espantando el calor del verano
y deseo
que la vida me coja por sorpresa.