Una tarde de invierno

Tengo miedo de hacerme viejo,
descubrir los secretos que siempre guardé,
las promesas que nunca cumplí
y terminar de contar las horas violetas de un atardecer,
aparcado entre castaños y un horizonte de hormigón.

Tengo miedo de averiguar que nunca he tenido respuestas,
abrir un libro al azar y encontrar palabras extrañas,
contar historias añejas que nunca fueron verdad
y terminar nadando en las suaves manos de un pasado níveo,
olvidado entre facturas y esperanzas descuidadas.

Tengo miedo de quedarme sin palabras,
navegar entre silencios demasiado dolorosos,
minutos y despedidas atascadas en miradas de acero
y terminar abandonado sin nada que reprocharte,
intentando compartir versos y párrafos de una biografía que nunca fue.

Tengo miedo de mi,
pasear entre olmos y hayas centenarias,
construir nuestra verdad dogmática e inmutable
y terminar escribiendo para recordar los tiempos más felices,
aquellos que están por llegar, pero que tengo miedo de destapar.

Tengo miedo de no ser suficiente,
de las horas muertas ante aquella puerta,
del incesante gotear de adioses
y de terminar como se acaba todo
intentando no recoger los pedazos de aquel espejo.

No debo tener miedo,
pero tengo.
Eres una de las pocas verdades que me quedan,
pero tengo miedo.
Cuando todo es incierto,
cuando las manillas de aquel reloj solo hablan del ayer,
tú afirmas ell hoy
y cuando todo parece perdido,
tú te conviertes en la esperanza más cierta.

Pero tengo miedo de haber tocado fondo demasiado pronto,
admirar fotogramas saturados, reflejo de nuestra vida,
quedarme helado y desorientado en el quicio de tu puerta
y terminar mis horas añorando aquello,
que tuve y perdí una tarde de invierno por no tener valor.

Tu miedo

“Tengo miedo, miedo a equivocarme y a perder”,
decían tus ojos acuosos.
Yo también, pienso, pero solamente importa tu miedo.
Egoísmo natural cuando algo se muere,
serpientes, víboras y cobardía.

El resto del suelo se convierte en poesía,
recoges los pedazos que quedaron rotos,
con dolor y egoísmo natural cuando algo se evapora,
inerte, indiferente y pusilánime.

Porque tener miedo significa que se está vivo,
porque hay que convivir con las decisiones
y sus consecuencias;
eso no es valentía,
ni cobardía… tal vez resignación.
Realismo.

Batallas y fuegos en la cocina,
armisticios en las sábanas,
domingos de cafés y periódicos,
carreteras sin manta y besos sin saliva;
son el legado de una herencia corrupta.

Al final solo queda Charles en la mesilla,
lectura de cabecera,
los placeres del condenado:
“todo ardiendo,
todo mojado,
todo delicioso”.*

Quédate con tu miedo y tus ojos de lluvia,
ya tuve mi ración de golosinas marchitas.
Te prometo recordar,
solo podré rememorar y evocar,
pero los versos serán para mi.

*Los placeres del condenado (Charles Bukowski)