No es la misma

La lluvia de la mañana
no es la misma que la de la noche.
A primera hora cae desafiante
 
como si quisiera decirte
que te andes con pies de plomo
que sabe de dónde vienes.
 
A la noche, en cambio, cae lánguida
rendida
como si supiese
lo inevitable
que mañana volverás a salir
con tu sombra
y todos tus problemas
pegados a los zapatos.

Lluvia

Era la luz del último instante de la noche
también del brillo triste de tus ojos castellanos
verdes como los campos de trigo por germinar de tu tierra
eran los minutos improvisados del tiempo de descuento
también de tu voz pausada explicando tus decepciones
barnizadas de dulzura bajo esa sonrisa desencantada

era el momento de mirar la lluvia
en esta ciudad mía en la que no llueve
tanto como quisiera

no llovió
ni siquiera ese pretencioso sirimiri
que arranca con timidez
como pidiendo perdón por los paraguas abiertos
y que termina golpeando con despreocupación
las aceras
los taxis
y las marquesinas

esa lluvia que regala destellos de vigor
a la crónica que se escribe en mis calles
esa biografía de subsistencia en las huidas
en lo que algunos llaman vivir
mientras otros
simplemente
pasar la vida.

No llovió
y los únicos destellos fueron los de tus pupilas
encogidas en una risa febril por mi cháchara
apoyados sobre una frágil mesa
fumando ese sábado que asomaba prometedor
aún lejano
negociando en el horizonte las últimas páginas
de las historias que no terminarán a las puertas de este bar

o un poco más de ceniza
para esta nostalgia de febrero agostado.

No llovió
finalmente
pero tu mirada de selva abarcaba
todos los aguaceros que esperaba.

Estabas ahí
fumando
abrigada con mi chaqueta de cuero

y yo
tan enamorado de ti

porque no hay mujer
que haya conocido
de la que no me haya enamorado
por 10 minutos
o 10 años.

Virginia

Recuerdas a Virginia, tumbada sobre la cama, con su sonrisa permanente y esa mirada azul, cristalina y franca, catalizadora de todas las cosas buenas que nacían aquellos días en tu corazón.

La recuerdas con su alegría, con sus ganas de vivir, su pasión por conocerte y desnudarte, con su ansia por cambiarte y reformarte. Estás ahí, sentado frente a una hoja en blanco, mirándola mientras duerme. Piensas en lo mucho que te inspira, en todas las conversaciones que habéis tenido. En su madurez y en su cabecita tan bien amueblada, sus planes de futuro, contigo y sin ti. Piensas en esa independencia tan suya y dolorosa, en su desarraigo y en su autodeterminación… Y comienzas a escribir.

¿Qué escribes?, te pregunta con su pequeña carita pegada a la palma de la mano. La observas a través del espejo y recuerdas su cuerpo desnudo, tapado por la sábana, el piercing en el labio; piensas en el tatuaje de la cadera, en su pubis completamente depilado y en todas las veces que habéis hecho el amor ese día.

Te levantas y le das un beso en la frente. ¿Quieres café?, le preguntas. Te dice que sí mientras se incorpora y se va vistiendo. Llueve. Calientas la leche a la vez que fumas un cigarrillo, has perdido la cuenta de los que llevas hoy, aunque el cenicero puede dar buena cuenta.

Nochevieja de 2002, recuerdas. Han pasado casi cuatro meses desde que os conocisteis, pero todavía te viene a la cabeza el olor de su perfume y el tacto de su disfraz. Una noche loca, como todas las de fin de año, piensas. Casi cuatro meses en los que habéis vivido deprisa y pensado poco. Demasiada pasión, consideras, pero te da igual, porque sin pasión no vale la pena. Nada importa, nada es relevante si no se hace instintivamente, sin la concupiscencia de las decisiones impulsivas. Nada importa con 22 años, aunque no lo valorarás hasta dentro de unos más.

¿Bajas a por tabaco?, deja la taza de café en el fregadero y se acerca a ti, junta su cuerpo al tuyo, te planta un suave y coqueto beso en los labios, sabe a moca y a tabaco, a descaro y a erotismo. Tira de tu camiseta para que te acerques, tus manos, lascivas, buscan por debajo de la suya esas formas tan redondeadas y finas.

Cruzando la calle mojada, sin paraguas y sin prisa, buscando un maldito estanco abierto o algún bar, recuerdas cómo llevabas meses sin escribir una sola línea, sin publicar un exclusivo relato; ahora tu suerte ha cambiado y la vida te sonríe, pero esas cosas no las valoras en ese momento, porque con 22 años poco importa que rueden los dados de la Fortuna, nada significa navegar con rumbo fijo en un mar repleto de fronteras y cortapisas. Ahora es EL momento, el único y mágico instante en el que vives; tus dedos tienen el hechizo y tu mente realiza el encantamiento que se materializa con cada frase, con cada párrafo.

Te gusta la lluvia, adoras el color plomizo que pinta el cielo, esa tristeza crónica que invade a las aceras, a los establecimientos y a los semáforos. Compras un par de Chesterfields y conversas con los parroquianos mientras apuras una cerveza. Tienes ganas de volver a ponerte delante del ordenador a escribir, lo notas en los dedos y en la cabeza; tienes ganas de su sudor y de su saliva, también.

***

Recuerdas a Virginia estudiando los últimos exámenes de la carrera, con el ceño fruncido y la cara repleta de concentración. Sus labios torcidos levemente te cuentan que hay algo que no comprende y que se le atraganta. La recuerdas subrayando los apuntes, repasando con preocupación las anotaciones. No te preocupes, seguro que saldrán bien, le dices. Ella sonríe y acepta la taza de café. No trabajas, escribes. Ella no escribe, trabaja los fines en una tienda de ropa. No lo sabes, pero ha pedido los dos últimos fines de semana libres para estar contigo, no para estudiar. Pero tú no estás con ella, estás haciendo tu magia, concentrado. Con casi 23 años no reparas en lo lejos que te encuentras de ella, pero te darás cuenta años después. Probablemente no.

Te gusta lo que haces, capturas recuerdos y les das vida. Te gusta ella, te vuelve loco su cabecita tan decidida, sus conversaciones, biología y metafísica pura. Te gusta tanto que casi se ha convertido en una necesidad directamente proporcional a la distancia que os separa paulatinamente.

Fumáis, bebéis, salís, hacéis el amor y compartís recuerdos. Sin pausa, sin tregua, sin haceros daño. Respirando cada día, cada instante y cada momento; haciendo planes imposibles, esquivando verdades y viviendo en tu egoísmo. Pura y dolorosa filantropía.

Recuerdas a Virginia el día de su licenciatura. Resplandeciente en el claustro, inquieta e insegura. Lo has conseguido, le dices. Te coge la mano y la aprieta con fuerza. No te mira, pero no te suelta. No lo sabes, pero lleva semanas fantaseando con dejarte y aceptar ese trabajo en Barcelona del que te ha hablado, pero del que nunca has oído, porque siempre estás tan ocupado escribiendo. Le das un beso en la mejilla y un suave empujón en el culo cuando abren las puertas del paraninfo. Vas al final, te quedas de pie, lejos del resto de la gente. No lo sabes, pero ella quería que te sentases en las primeras filas, con sus padres, que los conocieses finalmente, presentarte y llevarte a comer; pero con 23 años todo son excusas, aunque en realidad son miedos y complejos. Lo sabrás unos años después.

Llueve, siempre llueve en esta ciudad. Fumas y caminas hasta casa, pensando en lo orgulloso que estás de ella, pensando en el siguiente capítulo; imaginando las horas que pasarás, esa noche, buscando respuestas y enterrando fantasmas entre sus piernas. Preparas la cena, un homenaje. Cocinas con fruición y preparas los discos de su adorado Aute, no te gusta mucho eres más transgresivo, pero esta noche son la banda sonora que quieres escuchar. La esperas, le mandas un mensaje, llamas a su móvil. Apagado y fuera de cobertura.

No lo sabes, pero esa noche está con un compañero de promoción purgando su alma y los pecados. Hablando, solamente hablando. Él no es tú, pero escucha. Él no es tú, pero oye. Él nunca será tú, pero la hace sonreír. No lo sabes, pero lo descubrirás dentro de unos años, cuando se prometan.

***

¿Qué escribes?, te pregunta con su pequeña carita pegada a la palma de la mano. La miras a través del espejo, observas sus formas pequeñas y firmes. Sonríe mientras se despereza de la siesta. Hace cuatro meses que estáis juntos. Nochevieja de 2002. ¿Qué escribes?, se abraza a tu cuello, desnuda y feliz. Te revuelve el pelo mientras intenta leer por encima de tu cabeza.

¿Quieres café?, le preguntas. ¿Qué escribes?, responde. Te levantas, cierras el ordenador sin guardar la sesión. Te giras y la besas, sabe a siesta.

No lo sabes, porque tienes 23 años y vives instintiva y pasionalmente, pero aquellas fueron las mejoras páginas de tu vida.

Los días de lluvia

Adoro la lluvia en Bilbao, pasear por estas calles que desprenden un olor a humedad tan característico, que se te pega a la pituitaria y no te abandona en días. Observar a la gente danzar asíncronamente, resguardándose del frío y del agua; caminar apurando un cigarro, sin rumbo fijo, mientras mis pensamientos me llevan a otro momento, a otro lugar.

Los días de lluvia son como tú, intensos, directos; por momentos eclécticos, pero, sin duda, únicos y diferentes. Muestran el lado más cierto de la gente, aquel que no puede resistir el envite del agua y, como un papel mojado, se desarma dejando al descubierto la realidad de cada uno. Contigo me ocurre lo mismo, a pesar de que preparo cada frase, cada gesto, cada mirada, por mucho que pretendo mostrarme como me ven los demás, acabas empapándome y se resbala mi coartada.

Y ahí me tienes, calado hasta los huesos, buscando una excusa, un jodido y estúpido pretexto para sacarte una sonrisa, mientras me pregunto cómo cojones podré hacer para desmontar tus trampas y coberturas y, así, acercarme a campo descubierto, sin temor a que me alcance la metralla o a que salgas huyendo.

Adoro los días de lluvia, porque a pesar de hacerme zozobrar me inspiran. Como tú.