Envejecer

Esa mirada que te devuelve el espejo
te dice que la vida no te ha tratado mal,
que envejecer consiste en arreglar
los descosidos
y en torcer las curvas,
pero, sobre todo, en sostenerte la mirada
y pensar que de todo lo perdido
lo más triste son las lagunas
que quedaron en tu memoria.

Así que sabes que vas por el buen camino
cuando no solo empiezas a pintar canas
o a olvidarte las llaves
-más de dos veces en casa-
sino cuando cierras los ojos
y ya no recuerdas esas caras,
te es imposible evocar esas voces;
el tacto de aquellas manos,
que te robaron tantas noches en vela.

Sostienes la mirada al espejo,
agradeciendo a la vida el paso por tu piel
y consideras que envejecer
no se te da tan mal.

No me conoces

¡Cállate ostias!
No te atrevas a juzgarme,
no tengas los cojones
de reprocharme algo.
¡Tú!
Maldito reflejo del espejo.
¡Tú!
No me conoces.

Quiero equivocarme,
lo busco con ganas,
tropezarme
y arrastrarme al fondo de todo.
Porque si acierto
y al menos me gano un aplauso
Tú,
hipócrita y acojonado,
triste reflejo del espejo,
estarás acabado.

Así que me agazapo,
cuento las horas
y las briznas de hierba
que se vuelan con mi cordura.
Es esa la sensación
que te atormenta
a Ti
maldito reflejo del espejo.
Hace tiempo que no somos nada,
así que déjate de fatigas,
cuéntale tus congojas
a otro ‘pringao’,
busca otra sombra
que te cobije.

Hace tiempo que un tropezón
o un rasponazo en las rodillas
no dice nada,
porque mi parchecito en el corazón
es el chaleco antibalas que necesito.
Y me tiro por el balconcito:
¡A volar!

¡Qué pequeñitos y débiles
sois todos desde aquí arriba!
Es todo tan frágil
y el tiempo tan corto.
¡Anda! ¡La Luna!
Toma,
bébete un sorbito de mí.
Todos se ríen
pero ocultan su vulgaridad
en el desván,
en una caja fuerte sin llave.
Toma Luna,
yo te brindo mis derrotas
-las victorias son para dormir tapadito-
y
ahora
¡Baila!

¡Anda! ¡El Sol!
Toma,
tócate una rumbita
que yo pongo la letra,
pero antes,
dime una cosa:
¿dónde he metido las llaves del coche?