La tregua

La felicidad son las treguas que se da la vida
son las horas de luz
las huellas del viento norte
marcadas en tu piel
el calor de tu mano
y las horas pasadas
así
como extraños

Te veo con un café
y un libro electrónico
levantas tu mirada
tan vieja y triste
acusadora
y me la clavas
sin piedad

La felicidad son las treguas que se da el tiempo
los mares de saliva
las respuestas
ocultas en tu ropa interior
el frío de tus labios
y los minutos robados
así
como desconocidos

Te veo al sol
me acerco en silencio
te beso en la nuca
agarro tus manos calientes
y le damos una tregua a la vida y al tiempo

Edimburgo

Las calles húmedas
de aquel verano en Edimburgo
fotografiaron nuestro mejor momento.
el de los panfletos,
planos,
tickets
y habitaciones de alquiler.

Recuerdo el viaje a Inverness,
circulando por la izquierda
entre montañas verdes,
niebla
y dedos entrelazados.

El tiempo de aquellos días
se nos escapaba de las manos
y aquel cruce de estaciones
-tan profundo como tus ojos-
fue la parada más exigente.

Esperabas encontrar en Stirling
las huellas profundas de William Wallace
y te topaste con mis manos temblorosas
por debajo de tu chaqueta.

Te sentaste en la Fuente Ross
y pediste por mí,
en silencio
con los ojos cerrados.
Te miraban la ciencia,
las artes
la industria
y la poesía.

Con la lluvia en los ojos
te dibujé con mis manos
en la noche de aquella
habitación hindú.

Nunca supimos
que aquellas húmedas calles de Edimburgo
capturaron nuestro mejor momento.
Pero tampoco nos importó.