La chica de California

Hoy, tantos años después, te apareces como un huracán,
y esperas que las puertas que cerraste se hayan convertido en ventanas,
que las calles que abandonaste sigan reclamando tus taconazos,
que las gentes, vecinos, parques y semáforos esperen por tus bucles dorados.
Y podría ser así,
como cualquier posibilidad,
como cualquier anhelo anclado en prístinas pasiones.
Debería ser así,
si no me hubieses dejado ahogado en ‘on the rocks’,
navegando entre versos que nunca publiqué
y rememorando erecciones de aparcamiento.

Porque sí, me he preguntado muchas noches,
oscuras y frías noches,
si tus labios sabor California siguen reviviendo besos trasnochados,
si tu pelo olor a San Diego y a Los Ángeles se enreda en las rudas manos de un surfero pueril.
Porque sí, te he revisitado muchas noches,
calurosas y apasionadas noches,
anhelando descubrir si aquellas cabalgatas, sudando entre sábanas,
te tatuaron el corazón.

Pero hoy, tantos años después, aterrizas como un avión de papel sobre aceras mojadas,
y esperas que te salve,
que las madres del pasado no hayan tejido jirones en mi descosida memoria,
que siga deseando descubrir dónde acaban los límites de tu cuello,
que siga suspirando por tus whiskies y tus conversaciones,
por tu guitarra y tus canciones.
Y podría ser así,
como cualquier oportunidad,
como una vuelta azarosa en la ruleta de la fortuna.
Debería ser así,
pero no será.

Paciencia

Vengo herido por el puñal de la vida,
la insufrible canción de las aceras,
el odio de las carreteras y el desliz de los mapas.

Vengo herido por la sirena del silencio,
el traquetear de las mesillas de noche,
la inseguridad de las autopistas y el frenesí de los peajes.

Ten paciencia conmigo porque tengo miedo,
el miedo del derrotado,
traigo el cansancio en las botas y en los labios.

Porque cuando se haga el silencio en tu boca,
cuando el polvo de la luna apague tus ojos,
porque cuando los abrazos se queden secos,
y cuando las palabras nunca sean suficiente,
yo volveré.

Vengo herido por el puñal de la vida,
el incesante vagar de los transeúntes,
la disciplina de las Administraciones y el hambre de sus lobos.

Vengo herido por el beso de tu boca,
la soledad de los hospitales,
el bullicio de los museos y el calor de los tranvías

Ten paciencia conmigo porque tengo miedo,
el miedo del derrotado,
porque la vida es así, cansancio en las botas y en los labios.

Y cuando se haga el silencio en tus caderas,
cuando la pólvora de tus besos se vuelva azufre,
cuando se rompan los abrazos,
y cuando las miradas nunca digan nada,
yo volveré.

Mientras tanto,
ten paciencia conmigo.