La vida convulsa

La chica de la vida convulsa
se pinta los labios de rojo
mirándose en el retrovisor,
cierra los ojos
y piensa en otro lugar.

La chica de la vida convulsa
sabe sonreírse en el reflejo
sabe morderse la vida,
cierra los ojos
y se imagina en otro lugar.

La chica de la vida convulsa
no se hace de rogar
lleva un puñao de confeti
en los bolsillos de la chaqueta
y chicles.
Muchos chicles.

Y la noche le romperá el corazón,
pero solo si tiene algo de suerte.

La chica de la vida convulsa
se aprieta la esperanza
verde como aquellos pantalones,
sonríe
y sus labios rojos le saben a otro lugar.

No puedo

El mundo gira y baila con su compás triste,
habla tan suavemente que me cuesta escucharle,
mezcla sus palabras con las bocinas, el jaleo de los comercios,
los balonazos de los niños en el patio, los frenazos en los pasos de cebra
y las despedidas en la parada de metro.

Yo llevo mi silencio como carta de presentación
y llueve, llueve como toda esta maldita semana;
las ganas se quedaron en el cajón de los calcetines,
descansando con la esperanza,
fumando con los sueños que la imaginan cerca.

Hoy no puedo más,
el mundo gira y gira con sus sombras sobre mi
y no puedo más.
Hoy no.
El mundo está herido.
Como yo.
Todos lo dicen:
“ella es preciosa”.
Todos lo saben:
“es preciosa”.

Pero ella no está cerca,
el mundo gira y baila su compás más triste,
la luna es roja esta noche
y me gustaría decirle tantas cosas al oído,
contarle que hoy no puedo más,
que no lo sabe, pero el mundo está herido.
Como yo.
Pero ella no está aquí.

El mañana llega,
me espera en la cama,
pero no puedo dormir;
llueve, hiela como toda esta maldita semana
y el corazón se me quedó en aquel sofá,
mirando una televisión que ya no cuenta nada,
bebiendo con los deseos que la pretenden próxima.

Hoy no puedo más,
el mundo rueda y me prometí no caer.
No puedo más.
Hoy no.
Estoy herido.
Como el mundo.

Hoy no puedo aguantarme las ganas,
los desos de volver por mis derroteros,
de perseguirla, convencerla de que todo irá bien,
susurrarle cosas en bajito, solo para ella y para mi.
Hoy no puedo,
pero no quiero asustarla.

Todos lo dicen:
“ella es preciosa”.
Todos lo saben:
“es preciosa”.
Joder, lo es.

Una tarde de invierno

Tengo miedo de hacerme viejo,
descubrir los secretos que siempre guardé,
las promesas que nunca cumplí
y terminar de contar las horas violetas de un atardecer,
aparcado entre castaños y un horizonte de hormigón.

Tengo miedo de averiguar que nunca he tenido respuestas,
abrir un libro al azar y encontrar palabras extrañas,
contar historias añejas que nunca fueron verdad
y terminar nadando en las suaves manos de un pasado níveo,
olvidado entre facturas y esperanzas descuidadas.

Tengo miedo de quedarme sin palabras,
navegar entre silencios demasiado dolorosos,
minutos y despedidas atascadas en miradas de acero
y terminar abandonado sin nada que reprocharte,
intentando compartir versos y párrafos de una biografía que nunca fue.

Tengo miedo de mi,
pasear entre olmos y hayas centenarias,
construir nuestra verdad dogmática e inmutable
y terminar escribiendo para recordar los tiempos más felices,
aquellos que están por llegar, pero que tengo miedo de destapar.

Tengo miedo de no ser suficiente,
de las horas muertas ante aquella puerta,
del incesante gotear de adioses
y de terminar como se acaba todo
intentando no recoger los pedazos de aquel espejo.

No debo tener miedo,
pero tengo.
Eres una de las pocas verdades que me quedan,
pero tengo miedo.
Cuando todo es incierto,
cuando las manillas de aquel reloj solo hablan del ayer,
tú afirmas ell hoy
y cuando todo parece perdido,
tú te conviertes en la esperanza más cierta.

Pero tengo miedo de haber tocado fondo demasiado pronto,
admirar fotogramas saturados, reflejo de nuestra vida,
quedarme helado y desorientado en el quicio de tu puerta
y terminar mis horas añorando aquello,
que tuve y perdí una tarde de invierno por no tener valor.