En este momento

La tarde es este descampado
de un domingo seco
que escribe sus últimas horas,
suaves y lentas,
sobre las paredes
y su lomo negro.

El color dibuja este invierno
de un domingo sin aves del sur,
mientras imagino los mejores momentos
de los días no vividos.
Y ahora que empezaba a acostumbrarme
a todo esto
explota el universo.

La tarde es este descampado
de un domingo de febrero
tumbado sobre su lomo negro,
con la lengua fuera,
el pelo pegado en la frente
y una sonrisa como el cielo en la cara.

Invierno 2012

El viento en la calle y la lluvia arrimada a los escaparates,
la gente se esconde y se abriga en los soportales.
La navidad despega en la ciudad,
aquellos que no estaban aterrizan tras puentes aéreos,
felicidad y nocturnidad… y nosotros.

Nosotros estamos lejos de allí,
tu coche enciende los parabrisas,
el dial refleja el compás del corazón.
Marchas, frenas y cambias… y te miro.

Te miro cuando pienso en la lluvia,
en las camisas y en los cafés,
en las promesas que aterrizan,
sin pasaporte y en aduanas… y nosotros.

Nosotros estamos allí,
aparcados en el rompeolas,
ajenos a la tormenta, con la luz en tu piel
y mi corazón… mi corazón.

Breve introducción a la locura

Las ascuas de un invierno que se aleja calientan un Bilbao
desquiciado de tanta comparación,
de niños que escupen la verdura y el chorizo de Pamplona,
de madres con la vida desgastada en los supermercados;
una ciudad que se quedó de luto en tu ausencia,
perseguida como una víbora entre los setos,
como una plaga en las avenidas.

Tus regresos han estado a punto de volverme loco,
misteriosa y solitaria has asaltado la fortaleza que construí…
… cuando volviste a desaparecer.
Pero tus retornos son de papel,
que se moja y se rompe.
Por poco me vuelves loco,
pero tengo la vista cansada y el corazón ajado,
blindado para evitar sobresaltos.

El sol rueda por las azoteas,
despejando la congestión que atenaza a mi ciudad,
las universitarias ponen su carne a la venta,
los chiquillos lucen las heridas de las rodillas
y Bilbao,
Bilbao sigue preguntándose dónde te escondes.
Maldita y vituperada.
Yo te defiendo.
Estoy de tu parte.

Tu venida a punto ha estado de darme la vuelta,
de girarme completamente entre versos y metáforas…
… cuando volviste a huir.
Estoy de tu lado,
pero si te vas,
dime adiós con tu boquita roja pequeña.

Y si te quedas,
si permaneces al otro lado,
deja que te encuentre entre las cenizas del invierno,
charlemos, bailemos y peguemos fuego al universo;
porque más allá de lo que pueda parecer,
más allá de todas las canciones sin dueño,
vivo de tu parte.

Tu regreso por poco me vuelve loco,
hablas de versos que te encogen y te estremecen.
No me malinterpretes.
Condenada y difamada.
Yo te defiendo.
Voy de tu parte.

La única manera

Sus mentiras son como la vanidad,
simple e hipócrita,
hueca y apestosa.
Sus mentiras son como montañas,
milenarias y gigantes.

Tejen y tejen como pequeñas arañas,
roen tu alma y se comen tu corazón,
pequeñas ratas en tu estómago.
Sus mentiras son como cicuta,
veneno en una copa de oro.

Las sirenas me avisan:
peligro inminente,
sus sonrisas me alertan:
calzada inestable.
Pero he caído…
… otra vez.

Sus mentiras son como gasolina,
caliente y densa,
con una cerilla te harán arder.
Sus mentiras son como puñaladas,
certeras cuchilladas.

Y a pesar de todo el dolor,
más allá de la soledad,
de los relojes del pasado
y las aceras vacías;
más allá de aquellas promesas,
de atardeceres de invierno
y primaveras tardías,
más allá de todo
prefiero sus mentiras,
la única certeza sincera,
la única manera que conozco de amarlas.

El invierno no arde

Dadme horas de soledad,
caminos sin vallas y zapatos para olvidar,
dadme vuestra cama caliente y nanas para dormir.

Conduzco rumbo a casa,
conduzco para mi,
son las 4 de la mañana y no quiero dormir.

Siempre ha sido tan divertido caminar en la oscuridad,
pero dadme luz,
dadme cielos azules y zapatos para perder.

Conduzco rumbo a casa,
conduzco para huir,
son las 4 de la mañana y quiero correr.

Dadme poesía borracha,
acequias secas y regatos de amargura,
dadme vuestros besos calientes y abrazos para dormir.

Conduzco rumbo a casa,
conduzco para mi,
son las 4 de la mañana y no amanece.

Dadme amaneceres de promesas,
oscuridad sin dolor y abrigos para el invierno,
dadme aquello que ocultáis y secretos para dos.

Conduzco rumbo a casa,
conduzco para huir,
son las 4 de la mañana y el invierno no arde.