A pesar de todo

La vida te ha tratado demasiado bien
te digo en bajito mientras duermes
suena una moto en la distancia
las farolas se cuelan entre las cortinas
y tu pecho recoge las sombras de mi pelo
la vida te ha tratado demasiado bien
a pesar de los años
a pesar de mí

yo me zurzo la vida al papel
y me digo que nadie tiene que llorar
para que esto sea real

los quinquis de mi barrio asaltan a unos pijos
los munipas dan fe del desastre
y tu pecho esconde los calentones de mi corazón

la vida te ha tratado demasiado bien
a pesar de mis sinsabores
a pesar de todo
y me escondo en los versos de tus piernas
y me digo que no hay por qué llorar

a pesar de todo
sigues a mi lado

Feliz Navidad

Diez minutos para Navidad.
Las farolas tiemblan y su lánguida luz se estremece;
nos encogemos y apretamos los dientes,
el calor de nuestro aliento se pega a mis gafas.
Te veo borrosa,
sonriendo con la nariz enrojecida y los ojos tiritando.
Algún coche rompe la noche
y nos ilumina.
Varados cerca tu portal me pides que te devuelva las llaves,
tus carcajadas
-un puñal que rasga la tranquilidad del barrio-
se cuelan por las ventanas cerradas.
Una vieja se asoma a ver el estrépito,
las carreras,
empujones,
dulces maldiciones
y abrazos que roban besos fugaces.
Paramos en seco,
con el calor en el cuerpo.
Nos miramos y reímos inocentes,
te sueltas la bufanda mientras toses tu asma,
yo enciendo un cigarrillo,
el mechero convierte en ámbar tu mirada.
Te abalanzas y me aprietas contra la columna,
huelo el suavizante de tu pelo.
Tus manos
-relámpagos finos-
se cuelan en mis bolsillos,
tus llaves siguen sin aparecer.
Cinco minutos para Navidad.
Estrechas tus ojos y frunces los labios rosas,
yo te robo otro beso efímero.
Una familia baja con las bolsas repletas de regalos.
“Vamos que llegamos tarde”,
el pobre cachorro suelta tus manos,
su dueña nos mira con ojos de invierno.
Anclados a unos metros de tu casa me apremias,
tienes frío dices.
Y te acercas.
Mis brazos anudan tu cintura y tu cara se raspa con mi barba,
vuelves a reír y se me alivia el corazón.
Escondo las llaves en tu abrigo.
“Venga, dámelas”
“Yo no las tengo”
“En serio…”
“Están donde siempre, palabrita”
Tus manos se encuentran con el frío metal.
Ha vuelto la magia,
aquella que desapareció,
aquella que maldecías con desprecio,
aquella que anhelabas sola en tu habitación.
Tus ojos risueños no se lo creen.
“Has hecho magia”
“Te juro que no he tocado nada”
Tus labios
-finas líneas rosas de invierno-
me besan puros.
Ya es Navidad.
La farola, finalmente, capitula y nos entrega a la oscuridad.
En silencio te escucho respirar,
aparcados en en la puerta de tu portal me pides que suba,
pero sabes que no lo haré.
“Es Navidad”
“Mañana”
“Quédate a conocerme”
“No te fíes, no soy buen tipo”
“Solo quiero que te quedes un rato conmigo”
Tus dedos fríos rozan mi cara
pero no insistes.
Solo quiero mantenerte a salvo de mi egoísmo.
“No me gustan las reglas del juego”
“Sabes que volveré para verte un rato”
“Espero tu llamada”
Lo haré,
es la única manera de no cruzarme conmigo.
“Gracias”
“¿Por?”
“Por devolverme la magia”
“Feliz Navidad”