Mañana más

Me quiero creer que aún quedan balas,
oportunidades para casos perdidos.
Me quiero creer que aún quedan disparos,
callejones para gente problemática…
… como yo.

Porque mi gran defecto es reconocer
que tengo remedio
y mi gran virtud es no intentarlo.

Me quiero creer que aún hay tiros,
esperanza para trasnochados.
Me quiero creer que a veces piensas en mí,
tal vez ahora que me lees
en estas horas secas…
… como la hierba que estoy tocando.

Imaginarme tus ventanas
y romperlas a pedradas,
para verte bailar sobre la alfombra,
desbocada,
alocada
y viva…
… como los ladridos de mis perros.

En realidad no deseo nada,
ni un ápice de este cosmos inestable,
pero me conformaría con esa sonrisa
que te hace gigante
enorme boca brillante,
y dos palabras para dormir:

Mañana más.

QUIÉN

El poeta escribió hace unos años:
“La guerra cuesta
25.000 dólares por cadáver.
Quiero saber
QUIÉN se queda con esos 25.000 dólares.
Esta pregunta me parece
de criminología elemental”.

Hoy la guerra cuesta
8,1 millones de fianza
u 11 millones de “regularizaciones”
amnistiadas.
Y también quiero saber
QUIÉN de los 534.000
jóvenes sin empleo,
futuro,
esperanza
o ilusión
QUIÉN
encenderá la mecha.
Esta pregunta me parece
de sociología elemental.

(des)Esperanza

Esperan que decidamos si vamos a cubrir nuestros ojos
con la venda más oscura de la realidad
o si cerraremos esas bocas
-cansadas de gritar-
con la mordaza de la desidia.

Nos han dejado desamparados,
internados en ese casino que es su vida,
ajena al ruido de las calles,
lejos de los cristales rotos…
… de las casas vacías.
Nos han dejado sin padres
y se han llevado a nuestras madres.
Pretenden que enterremos ese futuro
donde los sinónimos de libertad
verdad
esperanza
y luz
se anidan en las bibliotecas.

Que se pudran nuestras palabras
y se mueran nuestros puños.
Esa es su vana esperanza.
Mientras tanto
en la ruleta de la fortuna
y en el blackjack de los mercados,
-esos sórdidos lugares
en los que fluctúan la vida
y el porvenir-
esperan encontrar balas doradas
y titulares de telediario.

Esperan una nueva diáspora,
el éxodo de Moisés, Josué y Caleb.
Esperan que tras desarbolar nuestro velero
y desarmar nuestros labios
salgamos y cerremos por fuera.

Esperan tanto que no se han dado cuenta
de una cosa.
Y lo tenían a la vista.

No podemos perder más
quienes nada tenemos.

Los problemas

Hace un frío que corta la respiración
de tal modo que el humo del tabaco
se confunde con el vaho que sale de la boca,
pero ahí seguimos hablando
y compartiendo cervezas
verdes como trigo en primavera.

Quemamos los cartuchos de una tarde
que prometía encuentros imposibles,
deseos inalcanzables
y sueños,
fantásticos sueños,
de lugares diferentes
en momentos inoportunos
pero con la persona precisa.

Al final
descubrimos que son más fáciles de entender
nuestros motivos tristes,
que aquellos atardeceres
ya no vivirán para siempre;
pero seguimos hablando
y compartiendo cervezas
mientras lleno el cenicero de ceniza.

Nos bebemos la tarde
y firmamos,
amigo,
que compartimos un mismo destino,
pero con diferente nombre,
con distinta condición.
Descargamos nuestro peso,
antiguo como las olas del mar que cerca nuestro bar.

Compartimos la carga del otro
nos descubrimos en sus palabras,
en cómo vive su amor
-complejo
lejano
ilusionante-
Y llegamos a la conclusión
de que no hay esperanza
-no la hay-
para aquellos que buscamos problemas,
para aquellos que no comprendemos el mundo
sin ellos.

Y queremos explicar lo que,
quizá,
no es tan extraño,
amigo:
compartimos una mismo destino,
pero con diferente nombre,
con distinta condición.

Y
a pesar de saber
que no hay esperanza
para aquellos que buscamos problemas
no sabemos comprender el mundo
sin ellos.