Los días grises

Tus compañeras siempre me miran mal,
con esa oscuridad puritana en sus ojos,
el frío en esas sonrisas,
perfectas y blancas,
como sus sábanas pulcras.
Las tuyas,
arrugadas y descoloridas,
acumulan arañazos de vidas lanzadas.

Me miran
y sonrío
-beatas hijas de putas-
mientras me cuelo en tu madriguera,
con ansia de revancha,
con ganas de limpiar mis banderas,
arrugadas y descoloridas.
Y deseo
que las ondees
como la Libertad,
con tus pechos desnudos
mientras inicio mi revolución.

Y te pintaré un cuadro,
que sacará los colores
al marica de Eugène Delacroix,
inspirará a futuras generaciones,
que hablarán de nuestras barricadas,
de aquella guerra,
tan cruel y descarnada
que acabó con la rendición
de los pájaros mojados.

Tus compañeras siempre me miran mal.
Mira que intento portarme bien,
-ya devolví aquel enanito de los cojones.
Hasta lo restauré.
Díselo, anda-
¿Recuerdas?
No fuimos los más guapos de la fiesta,
pero acabamos siendo los reyes del baile.

Los días pasan
y tengo esa sensación
-la de los días grises-
de que nos perderemos
ahí fuera,
en este mundo lleno de curvas.
Esa sensación
de que desaparecerá nuestro momento.

Intento resolver mis asuntos
de banderas arrugadas y descoloridas
mientras nos maleamos.
Yo adoro tus manos lentas,
tú respetas mis huidas.
Y los días se nos escapan,
así que te pintaré un cuadro
o te escribiré.

O
mejor aún
seguiré buscando la noche en tu espalda.

Punto débil

Aquella lágrima fue como el pistoletazo de salida,
el preludio de lo que vendría después,
la tormenta desatada que convirtió en furia tus dientes,
la tempestad de vacíos que terminó por conmovernos,
como dos niños helados al salir del agua.

Hay momentos en los que el valor no es suficiente,
en los que la confianza, los arrestos, los cojones
y los dos whiskies que te has tomado antes
no valen para nada.
Porque sabes que te vas desmoronar,
porque quieres hacerlo.

Debes hacerlo,
pero no hay forma.
No te falta nada,
nada falla.

Simplemente, sucede lo que tiene que ocurrir,
porque está escrito en tus genes.

Viene de serie.

Da igual siempre,
una lágrima en unos ojos castaños es suficiente.

Los días de lluvia

Adoro la lluvia en Bilbao, pasear por estas calles que desprenden un olor a humedad tan característico, que se te pega a la pituitaria y no te abandona en días. Observar a la gente danzar asíncronamente, resguardándose del frío y del agua; caminar apurando un cigarro, sin rumbo fijo, mientras mis pensamientos me llevan a otro momento, a otro lugar.

Los días de lluvia son como tú, intensos, directos; por momentos eclécticos, pero, sin duda, únicos y diferentes. Muestran el lado más cierto de la gente, aquel que no puede resistir el envite del agua y, como un papel mojado, se desarma dejando al descubierto la realidad de cada uno. Contigo me ocurre lo mismo, a pesar de que preparo cada frase, cada gesto, cada mirada, por mucho que pretendo mostrarme como me ven los demás, acabas empapándome y se resbala mi coartada.

Y ahí me tienes, calado hasta los huesos, buscando una excusa, un jodido y estúpido pretexto para sacarte una sonrisa, mientras me pregunto cómo cojones podré hacer para desmontar tus trampas y coberturas y, así, acercarme a campo descubierto, sin temor a que me alcance la metralla o a que salgas huyendo.

Adoro los días de lluvia, porque a pesar de hacerme zozobrar me inspiran. Como tú.