Aquella amistad

No hay abrigo para la inocencia de aquella amistad,
forjada bajo el manto de noches descorchadas,
de carreras por avenidas dobladas en escaparates,
no hay dudas ni naufragios,
solamente manifiestos pactados bajo el color de septiembre,
concesiones y licencias para tender los puentes,
los bares y las canciones de nuestro ADN.

El recuerdo de aquella amistad es como mirar fotos grises
escondidas en cajones sin llave,
pero con los cepos de la melancolía emboscados.
El recuerdo de aquella amistad es como volver a la Facultad,
a los pasillos de otoño repletos de paraguas desquiciados.
Aquella amistad se forjó en las trincheras
con las balas de carmín silbando sobre nuestras cabezas.
Y al final…
… al final celebrábamos que el Séptimo de Caballería o la Tuna nos salvase,
casi siempre,
de novios ofendidos,
de dudas en los ojos y de amaneceres solitarios.

En aquellas habitaciones donde transigíamos el cambio de estación
y los botellines eran emisarios de mi poesía inocente
y tus escritos anexionaban el mapa de Polonia,
todavía teníamos el sabor de los sueños en las mejillas.
En aquellas habitaciones escondíamos las vergüenzas
y las pérdidas ancladas a las suelas de nuestras botas,
tan gastadas y heridas como la ciudad de nuestros últimos semestres.

Estos recuerdos viven dos veces al ser rememorados,
se parten y se esparcen,
y quedan anclados en la doblez del hoy y del pasado,
en la vida que llevo guardada en mi chaqueta,
junto al carné de identidad.

Un pueblo

Es un pueblo, casi ciudad,
de hormigón y de mortero,
de rotondas furiosas con semáforos de cebra.
Es un pueblo, casi ciudad,
como todos, con árboles centenarios
y casas desquiciadas con niños que cenan verdura.

Los cristales reflejan el tic tac del sol,
que calienta sin fuerza las pasiones de invierno en el parque,
porque los jóvenes se esconden al abrigo de sus manos
y de besos estuosos.
Es un pueblo, casi ciudad,
de cafeterías semanales
y de pubs de fin de semana
que albergan penas, sueños, ilusiones y ternura.

Es un pueblo, casi ciudad,
como todos, pero es el mío.
Cuando cae la noche y sus personas dejan los disfraces,
cuando sale la luna danzando sobre los charcos de lluvia,
cuando solo quedan mujeres y hombres de miradas desapasionadas,
cuando un taxi es testigo fiel de mis desventuras,
cuando me preguntaba dónde te metiste…
… entonces solamente había poesía en mi pueblo, casi ciudad.