No puedo evitar ser un gilipollas

Me encantan las parejas
que pasean por la vida de la mano,
arrastrando el carrito de su hijo
familias embadurnadas de felicidad,
con esa mirada que espanta a los problemas
las hipotecas
el paro
y las angustias del fin de mes.

Me encantan
y me enamoran
aquí sentado en el parque,
calándome los huesos bajo esta puta lluvia,
fumándome las últimas y mojadas horas del día.

Me admiran esas parejas
impávidas e impertérritas,
valientes como un piropo a las cinco de la mañana
me dan envidia
–qué cojones–
con las bolsas del Eroski arrugadas,
el periódico mojado bajo el brazo
y esa felicidad tan dichosa como chubasquero.

Me vuelven loco
en esta noria que gira marcha atrás
en mis bajos fondos
con ‘Come Pick Me Up’ en bucle golpeando mis oídos,
me enamoran
y al final acabo sintiéndome un gilipollas
al pensar que soy el único
con problemas.

Aquel instante

Camino por la noche,
la lluvia hace tiempo que no me molesta,
es como un húmedo abrigo de invierno
colándose entre los huecos de mi chaqueta y camiseta,
dibujando lágrimas que no fluyen en la cara.

Aferrarse a esa sensación es como atrapar un tren que abandona la estación,
la frágil coraza que te envuelve se ha resquebrajado,
lo sé.
Hace días que no me encuentro,
mis palabras suenan a ayer,
un pasado brillante de emociones cálidas,
de escritura y de ganas de verte sonreír.

Me sorprendo rememorando aquel encuentro fortuito,
y tengo frío,
será la lluvia…
o será el pasado,
cercano, pero pretérito.

Y me quedo anclado en esas escaleras mecánicas que te subían,
mientras yo bajaba con poesía bajo el brazo.
Quiero encontrar el momento,
la palabra,
el gesto
o secreto que activó aquel resorte.
La nota más aguda que me hace no parar de escribir.

No hay tiempo suficiente para desactivar la bomba,
y todo explota,
muere y cambia con un parpadear de ojos
y quiero ser una gota de invierno,
fría, dura, sensata,
certera, impávida y real.

Y ahora que te has esfumado,
después de lo que descubrimos,
después de las campanas…
Bilbao es más frío.