Los caminos de su cuello

Ella está dormida, tapada con una camiseta de Nirvana que vivió épocas mejores; desgastada y oscura se enreda deliciosamente en sus blancas caderas. Te has desvelado, algo que te pasa bastante últimamente. Respira plácidamente, realizando algún que otro esfuerzo fruto del alcohol que ingeristeis.

Recorres con la mirada los caminos de su estilizado cuello, fino y terso. Te enredas, al igual que la camiseta, en sus piernas y cintura. Ayer saliste a buscar refugio en los brazos de alguna princesa sin grandes pretensiones. Un alma gemela que disfrutase del desbocado baile de sábanas y saliva, sin juicios y, lo mejor, sin promesas caducas.

Bebía ginebra ‘on the rocks’ como si hubiese estado vagando por el desierto cuarenta días, sonreía y se frotaba con la gente que estaba en el bar. Era una pequeña copia de un ángel caído, descarada, provocativa e insolente. Hablaba y se reía, removía el alcohol con los dedos y se los chupaba tentadora. Así caíste.

Su lengua buscaba tus lóbulos, su manos se colaban en los huecos de tu pantalón; las tuyas tanteaban sus fronteras, tu barba le rascaba los labios. Jugaba con tu corazón y con tu desesperación. O fue al revés.

Al final le prometiste un hueco en tu memoria, un tatuaje en el hipocampo y café caliente para desayunar. Al final te entregaste en un juego de desgaste, sudor y lisonjas. Al final cediste, le prestaste tu corazón para jugar y tu camiseta de la suerte, cuando la fortuna apostaba con tus dados, para dormir.

Un domingo más, piensas. Ella duerme destapada. En la calle los vecinos se dejan abrazar por el sol de invierno. Preparas café con tostadas y desayunas hojeando el periódico. Finalmente te cansas de tanto virus, pobreza y tristeza; para eso juegas con la tuya y la enredas con tus palabras, así que te sientas en la habitación con tu cuaderno Moleskine negro.

-Así que es verdad eso de que escribes -comenta saliendo del baño, Kurt te mira mientras la camiseta sube y baja fruto de sus coquetos andares. Sugerentes y para nada tímidos -Pensaba que era un farol para ligar.

La miras sonriendo.

-Ya sabes, los tíos os inventáis todas esas mierdas para convencernos de que tenemos que follar con vosotros… y todo eso -se sienta en el borde la cama con las piernas abiertas. Un camino hacia un túnel delicioso, piensas.

-No tuve que utilizar todos mis trucos de Jedi para follar contigo, creo que también querías que te quisieran ayer. Y no sabía que los escritores copulasen más.

-Ya bueno, es simplemente que ese aura tan oscura, rebelde y solitaria os convierte en seres más atractivos, además sabéis jugar con las palabras y decís siempre cosas tan…

-¿Absurdas?

-No, joder: profundas, como si tuvieseis el ‘secreto’. Siempre tan seguros.

-Bueno, yo simplemente plasmo lo que pienso en un blog. No soy un ‘juntaletras’ profesional. Así que los únicos secretos lingüísticos que conozco los he aprendido en la cama.

Ella se ríe.

-¿Escribirás sobre mí?

-¿Dónde?

-En tu blog.

-Puede.

-¿Follamos?

-Es lo más sensato que has dicho esta mañana.

La chica de California

Hoy, tantos años después, te apareces como un huracán,
y esperas que las puertas que cerraste se hayan convertido en ventanas,
que las calles que abandonaste sigan reclamando tus taconazos,
que las gentes, vecinos, parques y semáforos esperen por tus bucles dorados.
Y podría ser así,
como cualquier posibilidad,
como cualquier anhelo anclado en prístinas pasiones.
Debería ser así,
si no me hubieses dejado ahogado en ‘on the rocks’,
navegando entre versos que nunca publiqué
y rememorando erecciones de aparcamiento.

Porque sí, me he preguntado muchas noches,
oscuras y frías noches,
si tus labios sabor California siguen reviviendo besos trasnochados,
si tu pelo olor a San Diego y a Los Ángeles se enreda en las rudas manos de un surfero pueril.
Porque sí, te he revisitado muchas noches,
calurosas y apasionadas noches,
anhelando descubrir si aquellas cabalgatas, sudando entre sábanas,
te tatuaron el corazón.

Pero hoy, tantos años después, aterrizas como un avión de papel sobre aceras mojadas,
y esperas que te salve,
que las madres del pasado no hayan tejido jirones en mi descosida memoria,
que siga deseando descubrir dónde acaban los límites de tu cuello,
que siga suspirando por tus whiskies y tus conversaciones,
por tu guitarra y tus canciones.
Y podría ser así,
como cualquier oportunidad,
como una vuelta azarosa en la ruleta de la fortuna.
Debería ser así,
pero no será.

Tu miedo

“Tengo miedo, miedo a equivocarme y a perder”,
decían tus ojos acuosos.
Yo también, pienso, pero solamente importa tu miedo.
Egoísmo natural cuando algo se muere,
serpientes, víboras y cobardía.

El resto del suelo se convierte en poesía,
recoges los pedazos que quedaron rotos,
con dolor y egoísmo natural cuando algo se evapora,
inerte, indiferente y pusilánime.

Porque tener miedo significa que se está vivo,
porque hay que convivir con las decisiones
y sus consecuencias;
eso no es valentía,
ni cobardía… tal vez resignación.
Realismo.

Batallas y fuegos en la cocina,
armisticios en las sábanas,
domingos de cafés y periódicos,
carreteras sin manta y besos sin saliva;
son el legado de una herencia corrupta.

Al final solo queda Charles en la mesilla,
lectura de cabecera,
los placeres del condenado:
“todo ardiendo,
todo mojado,
todo delicioso”.*

Quédate con tu miedo y tus ojos de lluvia,
ya tuve mi ración de golosinas marchitas.
Te prometo recordar,
solo podré rememorar y evocar,
pero los versos serán para mi.

*Los placeres del condenado (Charles Bukowski)