Fin de la primera parte

No hay nada más doloroso que despedirte de alguien a quien amas, adoras y admiras con todo tu ser, de una forma que hasta las palabras duelen. Más doloroso es saber que ese adiós no lo has elegido tú, tal vez ella tampoco. Simplemente tenía que suceder; no puede ser porque os estáis haciendo tanto daño que es mejor que corra el aire, que exista  una distancia directamente proporcional a los vicios que os enganchaban, porque si os volvéis a encontrar reptaréis, lameréis, morderéis y dibujaréis cada centímetro cuadrado de vuestro cuerpo. De vuestra locura.

Así que hace 8 años pasamos página. Si es que podemos utilizar este símil. Nos borramos de los diarios y aplacamos con estilo las ganas de darle la vuelta al mundo. Me rompí la cabeza en los bares, tú te licenciaste. Me curé las heridas con otros rotos, tú te prometiste en Berlín.

Somos dos heridos. Dos desperfectos. Y el tiempo. El tiempo hizo lo demás. Al final renuncié a mi mismo, porque era la única forma de olvidarte. Pero me has encontrado de nuevo tanto tiempo después, a pesar de que he borrado mis huellas. Nos hemos medido como dos leones, hemos aceptado que fuimos una tormenta precisa, en el momento perfecto. Y nuestra particular batalla sigue en tablas, a sabiendas de que, todavía, podría sacarte de tus casillas.

¿Realidad o ficción? Ese era nuestro juego favorito. Imaginarnos en otro sitio, en otro tiempo, en otros cuerpos. Nos sobraba imaginación; tal vez era lo único que teníamos para restañar nuestros descosidos. Ha pasado tanto tiempos de aquellos incendios que, bien lo sabes, lo mejor es que dejemos que el pasado pase y esté.

Seguiremos recordándonos hasta que no sepamos diferenciar realidad de ficción

Los caminos de su cuello

Ella está dormida, tapada con una camiseta de Nirvana que vivió épocas mejores; desgastada y oscura se enreda deliciosamente en sus blancas caderas. Te has desvelado, algo que te pasa bastante últimamente. Respira plácidamente, realizando algún que otro esfuerzo fruto del alcohol que ingeristeis.

Recorres con la mirada los caminos de su estilizado cuello, fino y terso. Te enredas, al igual que la camiseta, en sus piernas y cintura. Ayer saliste a buscar refugio en los brazos de alguna princesa sin grandes pretensiones. Un alma gemela que disfrutase del desbocado baile de sábanas y saliva, sin juicios y, lo mejor, sin promesas caducas.

Bebía ginebra ‘on the rocks’ como si hubiese estado vagando por el desierto cuarenta días, sonreía y se frotaba con la gente que estaba en el bar. Era una pequeña copia de un ángel caído, descarada, provocativa e insolente. Hablaba y se reía, removía el alcohol con los dedos y se los chupaba tentadora. Así caíste.

Su lengua buscaba tus lóbulos, su manos se colaban en los huecos de tu pantalón; las tuyas tanteaban sus fronteras, tu barba le rascaba los labios. Jugaba con tu corazón y con tu desesperación. O fue al revés.

Al final le prometiste un hueco en tu memoria, un tatuaje en el hipocampo y café caliente para desayunar. Al final te entregaste en un juego de desgaste, sudor y lisonjas. Al final cediste, le prestaste tu corazón para jugar y tu camiseta de la suerte, cuando la fortuna apostaba con tus dados, para dormir.

Un domingo más, piensas. Ella duerme destapada. En la calle los vecinos se dejan abrazar por el sol de invierno. Preparas café con tostadas y desayunas hojeando el periódico. Finalmente te cansas de tanto virus, pobreza y tristeza; para eso juegas con la tuya y la enredas con tus palabras, así que te sientas en la habitación con tu cuaderno Moleskine negro.

-Así que es verdad eso de que escribes -comenta saliendo del baño, Kurt te mira mientras la camiseta sube y baja fruto de sus coquetos andares. Sugerentes y para nada tímidos -Pensaba que era un farol para ligar.

La miras sonriendo.

-Ya sabes, los tíos os inventáis todas esas mierdas para convencernos de que tenemos que follar con vosotros… y todo eso -se sienta en el borde la cama con las piernas abiertas. Un camino hacia un túnel delicioso, piensas.

-No tuve que utilizar todos mis trucos de Jedi para follar contigo, creo que también querías que te quisieran ayer. Y no sabía que los escritores copulasen más.

-Ya bueno, es simplemente que ese aura tan oscura, rebelde y solitaria os convierte en seres más atractivos, además sabéis jugar con las palabras y decís siempre cosas tan…

-¿Absurdas?

-No, joder: profundas, como si tuvieseis el ‘secreto’. Siempre tan seguros.

-Bueno, yo simplemente plasmo lo que pienso en un blog. No soy un ‘juntaletras’ profesional. Así que los únicos secretos lingüísticos que conozco los he aprendido en la cama.

Ella se ríe.

-¿Escribirás sobre mí?

-¿Dónde?

-En tu blog.

-Puede.

-¿Follamos?

-Es lo más sensato que has dicho esta mañana.

Todo lo demás

Cuando se cierran las persianas de los bares, dando por finalizada una noche más. Cuando me quedo a solas abrazado a una almohada aún caliente. Cuando aporreo el teclado creyéndome un escritor consagrado. Cuando fumo apoyado en la ventana pensando en todas las cosas que no he dicho.

Cuando me entran ganas de tocarme entre las piernas viendo aquellas fotos. Cuando saco a pasear el ánimo. Cuando caminar con Johnny es lo único que importa. Cuando reviso aquellos textos que nunca fueron. Cuando descuelgo el teléfono para llamarte.

Cuando lo único que me quedan son facturas y una cama fría. Cuando el trabajo es una excusa para no pensar. Cuando recuerdo hacia dónde llevaba ese tatuaje en tu cadera. Cuando lo mejor es callar, pero no puedo. Cuando estoy en una cafetería escribiendo en una libreta.

Cuando todo falla menos el pasado. Cuando digo que una y no más. Cuando solamente queda todo lo demás. Cuando no se puede perder nada más.

Cuando ocurre esto… soy yo.

Los días de lluvia

Adoro la lluvia en Bilbao, pasear por estas calles que desprenden un olor a humedad tan característico, que se te pega a la pituitaria y no te abandona en días. Observar a la gente danzar asíncronamente, resguardándose del frío y del agua; caminar apurando un cigarro, sin rumbo fijo, mientras mis pensamientos me llevan a otro momento, a otro lugar.

Los días de lluvia son como tú, intensos, directos; por momentos eclécticos, pero, sin duda, únicos y diferentes. Muestran el lado más cierto de la gente, aquel que no puede resistir el envite del agua y, como un papel mojado, se desarma dejando al descubierto la realidad de cada uno. Contigo me ocurre lo mismo, a pesar de que preparo cada frase, cada gesto, cada mirada, por mucho que pretendo mostrarme como me ven los demás, acabas empapándome y se resbala mi coartada.

Y ahí me tienes, calado hasta los huesos, buscando una excusa, un jodido y estúpido pretexto para sacarte una sonrisa, mientras me pregunto cómo cojones podré hacer para desmontar tus trampas y coberturas y, así, acercarme a campo descubierto, sin temor a que me alcance la metralla o a que salgas huyendo.

Adoro los días de lluvia, porque a pesar de hacerme zozobrar me inspiran. Como tú.

Hoy pierdo

Se acabó. Finito. No habrá vuelta atrás, ni dolor que oculte esta decisión. Se acabó como se cierran las persianas, como suenan los portazos, como acaban mis whiskies, como se apaga el último cigarro.

Así comienza una nueva senda, desconocida y virgen, alejada del camino que desemboca en viernes de fiesta, escaleras ardiendo y domingos fríos. No habrá Convención de Ginebra que me despegue de sus labios, ni pactados ceses de la violencia sexual que acaben con sus miedos y mis pasiones.

No existirá forma humanamente imposible que os permita evitarme; acción, reacción… saciedad. Acabaré aparcando en vuestras caderas. No querréis que ponga la OTA.

Y para ti, pequeña psicópata despiadada, para ti no habrá armisticio. Para ti noches en vela, cafés amargos, deseos y pasiones insaciables. Para ti las letras, los poemas y la larga y dolorosa espera en los andenes. Para ti, pequeña desconfiada, la confianza que da saber aquello de que a rey muerto, rey puesto.

Hoy pierdo, mañana solo tendrás estas letras. Yo estaciones, caminos, restaurantes; museos, cafeterías, librerías y oportunidades.

Te acojonas

Sentimos que no podemos fracasar, creemos que estamos preparados para defender cualquier postura, solventar cualquier situación. Pero la verdad es que te acojonas cada vez que piensas que tienes que quedarte impertérrito, defendiendo la misma posición: tu única y endeble torre de marfil.

Y tu coraza a base de ‘Scotch’, ironía, nicotina, mala gaita y cierto aire presuntuoso se viene abajo cuando sientes que puedes perder otra oportunidad. Te revuelves como gato panza arriba y piensas en escabullirte, ocultarte, volver a enfundarte la armadura y olvidarte de patrullar por sus calles.

Pero allí aparece, bonita y sensual. Jodidamente chiflada, de una forma que te hace no parar de sonreír; extremadamente efímera, cercana y distante a partes igual, armónica y sensible. Ella cree que no sabes esas cosas, que no aprecias esos detalles; acostumbrada a sentirse deseada, habituada a las miradas lascivas de gente que se gira para verla pasar.

Siente que tus ojos le dicen lo mismo.

Es verdad, te imaginas cada palmo de su cuello, imaginas cómo tiene que follar, piensas en arrancarle la ropa, fantaseas con meter tu cabeza entre sus piernas, pero, sobre todo, deseas besar esos labios insolentes mientras hablas de zafia literatura, rock transgresivo y metafísica de bar.

También es verdad que admiras esa cabezita suya. Tan loca. Te encanta su actitud femenina, su lengua incontestable e incorregible y esa forma de hablar tan peculiar, que te hace desear decir: “ven conmigo al lado bueno de la vida”. Y consideras dejarte caer a pecho descubierto, saltar ese abismo y jugar tus cartas; pidiendo a Gillespie, Zappa, Mercury y a Camarón que nadie más haya apostado al mismo caballo ganador.

Y aunque sientes que no puedes fracasar, que estas preparado para defender tus flancos mientras imaginas cada rincón de su cuerpo, mientras disfrutas de cada apasionada y chalada frase, te acojonas, tu coraza vuelve a desarmarse y huyes a la vez que te repites que no volverás a patrullar.

Pero lo harás.

Todo para ti

El sabor de las aceras de sábado,
el olor de un invierno demasiado caluroso,
el sonido de las ventanas abiertas al sol,
alfombras, pavimento, yerba, arena.

Cafeterías abarrotadas,
tus calles desiertas, sin ti,
días, siempre, lluviosos,
caricias, besos, abrazos, despedidas.

Papel mojado al sol,
miradas escondidas en soportales,
sonrisas abiertas de par en par,
legajos, letras, poemas, canciones.

El dolor de los lunes,
la insoportable levedad del adiós,
coches furiosos, sin ti,
conciertos, cines, sofás, mantas.

Vecinos con prisas,
conversaciones a contraluz,
empujones en las escaleras,
viajes, llegadas, taxis, metros.

Incendios provocados,
pirómanos con cara amiga,
sexo sin amor, contigo,
valles, montes, lenguas, sábanas.

El gusto de las casas ajenas,
el aroma de mis secretos,
la resonancia de las lágrimas,
portazos, cerrojazos, gritos, cristales.

Es todo lo que puedo dejarte.

Y así es como fue

Y así es como fue. Una barra de bar a la noche, olor a sudor y a hormonas, a ginebra y tónica, a whisky con hielos. Un par de cigarros, palabras al oído, un brazo en la cintura, sonrisas. Un descalabro de proporciones bíblicas, que terminaría, como siempre, en la cama.

Y así fue, sus estrechos pantalones verdes acabaron colgados de la puerta, su camiseta y su sujetador encima de la silla, sus sueños, sus anhelos y sus ambiciones cabalgaron por las estepas de mi cama. El Séptimo de Caballería no iba a aparecer. Ni falta que haría, fraguamos la paz y nos la fumamos, primero ella, luego yo.

Me habló de él, todas lo acaban haciendo. Un tipo serio, comprometido, meticuloso y tremendamente eficiente en su trabajo. La hace feliz. Pero necesita que alguien la vuelva loca, la desmonte; alguien que pierda la cabeza por ella y que se entregue, sin concesiones, sin palabrerías. Sin juzgarla.

Y así fue, volví a abrazarla, le prometí que robaría el Tiempo para ella, que nunca necesitaríamos relojes y que siempre estaría en el fondo del armario, esperando que lo abriese y me sacase a pasear o a follar. A su libre elección. Fumamos y hablamos. Su cabecita estaba llena de Hemingways, Capotes y Bukowskis; la mía solamente pensaba en volver a recorrer cada milímetro cuadrado de su vientre.

Se vistió, me contó que tenía que volver a casa, a arreglarse, yo le invité a ducharse conmigo. Nos reímos. Tenía que ponerse mona porque iba a comer con él. Todas lo hacen. No le dije lo jodido que me quedo siempre que se van. Lo apaleado, desahuciado y abandonado que me siento. Lo vacía que se queda la casa sin sus risas, sin sus penas, sin sus sueños y sin ellas. No lo hice porque necesitan a alguien que las vuelva loca, las desmonte; alguien que pierda la cabeza por ellas y que se entregue, sin concesiones, sin palabrería, sin juzgarlas y sin remisión.