Una pequeña victoria

Todo empieza como las cosas que acaban, probablemente, mal.

La cabeza me dolía horrores y, para ser exactos, la habitación daba vueltas; demasiadas para mi resaca. Me giré como pude para observar a mi acompañante… como siempre me acostaba acompañado y me despertaba sólo. Al principio duele, luego le acabas cogiendo la gracia a esta ironía. Macabra, pero ironía al fin y al cabo.

Hice un soberano esfuerzo por incorporarme, me tragué mi propio estómago que por estas ya estaba pidiendo paso. Lo de ayer fue salvaje. Llegamos a una fiesta privada, no sé cómo coño Richard se las ingenió para colarnos, pero acabamos dentro, celebrándolo, con unos mojitos y unas chicas calcaditas a las Spice Girls… bueno, lo único que recuerdo de ellas es que una de ellas era una diosa debajo de la mesa. Mesa y Sexo…una mezcla muy jodida, ya me lo decía Susan.

Ya en la cocina  preparé mi desayuno favorito, cerveza fría y tabaco. Ouch. Me dolía el cuerpo. Mi acompañante debía ser una ninfómana, me dolían todas y cada una de las articulaciones de mi cuerpo…z onas que no sabía que podían llegar a doler.

El sol brillaba y mis vecinos habían salido, pues su coche no estaba en su aparcamiento. Bien, no me darían el coñazo por la fiestecita de ayer. Salí al porche para recoger el periódico. Por fin habían rescatado el capitán del barco secuestrado por los piratas somalíes. Tres de ellos palmaron. Apuré la cerveza. Próxima parada, la ducha.

Pero antes de que pudiese terminar de quitarme los calzoncillos comenzó a sonar mi móvil. Era Richard.

-¡Pirata!… eres un jodido y maldito pirata- me gritaba desde el otro lado. Definitivamente continuaba colocado.

-Respira Dick, vas a híperventilar- se me escapó una carcajada. Nos conocíamos desde que casi no levantábamos un palmo del suelo. Él era el hombre afortunado, con una maravillosa mujer y director de su propia empresa. Yo era la excepción.

-Eres un pirata. Dios Jim, ¿a quién te tiraste ayer? Cuéntaselo al tío Richard. ¿Quién fue? ¿La pelirroja que te la chupó debajo de la mesa? ¿la morena con esas tetazas?- Era como un niño con zapatos nuevos.

-Más despacio Dick, ni me acuerdo. Palabrita.- De Boy Scout.

– No me jodas Jim. Tienes que dejar de beber tanto, luego no disfrutas, ¿sabes qué es lo mejor de todo esto?- Silencio en la línea. No iba a darle la respuesta. -Joder Jim, lo mejor de esto es que al día siguiente tengas su número, la llames, tengas una cita decente y te olvides de Susan.

-¿Has terminado con tus discursitos?- era capaz de crisparme en cuestión de segundos. Susan por aquí, Susan por allí. – Deja a los muertos en paz Richard. Hablamos más tarde, voy a ducharme.- Procuré sonar lo más cortante posible.

-Te llamo después. Y aféitate, esta noche te invito a una fiesta.- Otra fiesta, desde que Susan murió perdí mi trabajo, y vivía de fiesta en fiesta. Tenía que decir que no.

– De acuerdo. Espero tú llamada.- Colgué.

La ducha fue balsámica, despejó mi resaca y me dejó las cosas claras. La vida apesta. Sí, no es nada nuevo. Pero apesta, sé que no debo autocomplacerme, pero aún duele.

Me afeité a la vez que terminaba un cigarrillo. Desodorante. After Shave. Colonia. Bendita revolución metrosexual. Tiembla Pierce Brosnan.

Y así me dieron las siete de la tarde. Tirado en el sofá, viendo alguna reposición en mí televisión por cable. Volvía a sonar el teléfono. Era Richard.

-Dispara vaquero- era nuestro saludo.

-¿Se te ha pasado ya el mal humor?- me encanta su torpe ironía. Estaba de buen humor, así que no iba a tocarle las narices más de lo normal.

-Sí. Una ducha y una paja…mano de santo.- estallamos en carcajadas- Bueno, ¿dónde se celebra esa maravillosa fiesta que va a cambiar mi vida para siempre?- mi ironía era más fina, pero también perra y baja.

– Venga Jim, sabes que no lo hago para que olvides nada. Sólo me preocupo por ti, nada más. No quiero que te quedes en casa y te emborraches. Prefiero que lo hagas acompañado. Eres libre de venir o no venir. Yo te doy a elegir.- Si llega a seguir con su perorata hubiese llegado a convencerme de lo maravillosa que es la vida.

-Vale, vale. Entierro el hacha de guerra. Me portaré bien. Lo prometo- intenté sonar lo más sincero posible. Apuré la cerveza.

-Ese es mi chico. Perfecto, pasaremos a buscarte a eso de las 9 de la noche. Ponte guapo.- Colgó.

Siete y media. Me di otra relajante ducha, con Damien Rice de fondo. You can’t make me happy quite as good as me. No sé por qué pero intuía que esta fiesta iba a ser un poco más pija de lo normal, tanto aféitate y ponte guapo por parte de Dick despertó mi sentido arácnido.

Saqué mis mejores galas. Unos Levis azul marino poco desgastados, mi camisa negra favorita, mi americana de la suerte y mis Converse All-Stars. Un puto pincel.

Nueve y dos minutos. Sonó una bocina. Eran Dick y su mujer, Sharon. Llegué en dos zancadas. Les saludé y me metí dentro del coche.

-Estas muy guapo hoy Jim- Sharon sonreía. Era maravillosa.

-Eres tú que me miras con buenos ojos- Le guiñé un ojo y ella sonrió. Era como mi hermana mayor. Lo sabía casi todo de mí y cuando Susan falleció fue un gran apoyo.

-Bueno Jim, ¿preparado para triunfar en una de las fiestas con más clase de todo Santa Mónica? Habrá actores, pintores, escritores, músicos…y chicas guapas, muy guapas.- Sonreía a través del retrovisor. Parecía un tiburón.

-Prometo pasármelo bien y portarme bien…pero no me metas presión.- Ahora yo era un lobo.

———————————————-

La casa… bueno, técnicamente debía ser una mansión, era inmensa con varios pisos, 2 piscinas y cientos de metros cuadrados de jardín. Eso significa perros. Muy grandes. Odio los perros.

La música se oía casi una manzana a la redonda. La calle estaba atestada de coches. Richard aparcó donde pudo. Salimos. Encendí un cigarrillo bajo la desaprobadora mirada de Sharon.

-Mañana lo dejo.- Mentí.

Dick se movía como pez en el agua, saludó a las personas apropiadas, sonrió a otras tantas y mantuvo las charlas justas para que nos dejaran en paz lo antes posible. Empecé la noche con mi primer Johnnie Walker. La verdad es que el ambiente era inigualable, buena música en directo, gran ambiente, mucho snob, y mujeres preciosas. Tenía ganas de vomitar.

-Voy a tomar un poco el aire Dick.- Sacudí la cabeza en dirección a la terraza. Podía ver la mirada preocupada de Sharon.- Estaré bien, lo prometo. Y no voy a meterme en líos.

Les di la espalda y caminé en dirección a la terraza. Por el camino secuestré otra copa de un camarero ambulante. Sonaba Amos Lee.

El aire olía a galán de noche. Era embriagador. Cerré los ojos y me dejé envolver por el aroma. Encendí otro cigarrillo.

-Una noche preciosa, ¿no crees?- sonó una voz a mi espalda. Suave, pero segura.

-Bueno, he visto cosas peores si te refieres a eso.- No me dí la vuelta. Quería imaginarme a mi interlocutora. Poco a poco se iba acercando.

-No. Era un hecho objetivo. -soltó después de la carcajada. Era rubia, de unos treinta y pocos. Sonreía y su mirada castaña parecía sincera.

Se acercó a la barandilla. Debajo se encontraba una de las piscinas, abarrotada ya de gente borracha y colocada, buscando pescar algo. Alguien había vomitado.

-¿Has venido sólo?- directa como una cuchillada al estómago. Sonrió.

-He venido con unos amigos… pero técnicamente estoy sólo- Apuré un sorbito de mi copa, aproveché para mirarla fijamente a los ojos. Sostuvo la mirada. Sus ojos sonreían.

-Solitario y poco hablador… me llamo Mónica.- Extendió su mano. Sus dedos eran finos, las uñas no eran excesivamente largas y la manicura francesa le sentaba muy bien. La apreté.

-Jim… encantado de conocerte Mónica.-Su mirada era turbadoramente maravillosa.

-Y, ¿qué te trae por aquí Jim?… quiero decir, no pareces el típico pijo snob, multimillonario, ni artista, cantante, abogado… desentonas bastante.- Era jodidamente sincera. No quitaba la sonrisa de la boca, pero era sincera en todo lo que decía.

Amos Lee seguía de fondo, dotando a la velada de un toque más intimo y tranquilo, aunque en la piscina el desfase había comenzado. Saqué otro cigarrillo.

-¿Te importa que fume?- era una convención. Iba a fumar de todas formas. Se encogió de hombros. Buscaba una respuesta.

-Bueno, si me permites, tú tampoco pegas bastante en este ambiente. La gran mayoría de las mujeres que hay aquí son unas golfillas, contratadas para ese fin. No pareces una de ellas. Y por tú forma de hablarme no pareces la típica pijilla podrida de dinero y si fueses una cantante, actriz o escritora famosa ten por seguro que recordaría tu cara.- Exhalé el humo de la calada y sonreí.

-Soy Asesora Financiera. La gran mayoría de esta gente- abarcó con la mirada a una porción amplia de los degenerados de la piscina- son mis clientes.

– Vaaaya… estarás hasta arriba de trabajo. Con esta crisis quiero decir.- Odio la economía.

-Es más una crisis de confianza que otra cosa… aunque bueno, macroeconómicamente hablando hay empresas MUY jodidas.

-Entonces… ¿a qué se dedica una Asesora Financiera de estrellas multimillonarias?- la verdad es que estaba parcialmente intrigado.

-Bueno, a salvar el culo a mis clientes, incentivarles para que sigan invirtiendo, asesorarles para que no la caguen con sus ahorros y evitar que cunda el pánico y despilfarren sus ganancias.- Se dio la vuelta y se apoyó contra la barandilla.- Y tú ¿a qué te dedicas?- Su mirada era inquisitiva, estaba intrigada.

Richard apareció apoyado en el quicio de la puerta que daba a la terraza. Se escondió en cuanto nos vio. Era como un crío. Ahogué una carcajada.

-La verdad es que mi trabajo no es tan interesante y apasionante como el tuyo. Escribo poesía.- Sus ojos brillaron por un segundo. Desvió la mirada. Ahora estaría catalogándome. Fin de la conversación. Me separé de la barandilla.

Aunque algunos sostienen
Que las palabras mueren
Al ser dichas,
Me parece que sólo
Ese día, y no otro,
Cobran vida.

Recitó con los ojos cerrados. Luego los abrió. Me giré para mirarla, ella sonreía dulcemente. Maldita sea mi estampa y esta noche.

-Emily Dickinson… ¿sabes cómo ganarte a la audiencia verdad?- Había tirado un anzuelo y lo mordí sin remisión.

-Mi padre era profesor de Literatura Moderna y Contemporánea, supongo que de ahí viene mi afición.- Un camarero se paseó por la zona y ella se hizo con dos copas de Champagne.- La verdad, es que tengo olvidada esta afición.- Me tendió la copa. Sus ojos me estudiaban, buscaban cualquier tipo de reacción.

Volví a apoyarme en la barandilla, el bullicio en la piscina era ensordecedor y Amos Lee se veía cómodo y tranquilo, iba a ser una velada larga. Sonó el móvil. Era Richard.

-Disculpa- ella asintió, me alejé un poco, lo justo para que ella no pudiese oír la conversación.

¿Estás bien Jim?, llevas más de media hora hablando con esa mujer y todavía no te ha tirado su copa a la cara, tú no la has vomitado encima y estas sereno…¿seguro qué todo va bien? ¿quieres que mande a Sharon a salvarte?- Era incorregible.

-Estoy bien Dick, todo va perfecto, preocúpate de divertir a tu mujer y guarda a los SWAT, esta noche no necesito que me salven el culo.- Se reía. Colgué y desconecté el teléfono.

Me dí la vuelta, pero ella ya no estaba, se había esfumado. De la misma forma en que apareció se marchó, en silencio.

Todo acaba como las cosas que empiezan, probablemente, mal.

-¡Caballero!- Un joven vestido de camarero, de unos veintipocos, agobiado por la gente y por la gran cantidad de mujeres bellas, se dirigió hacia mí, algo dubitativo.- Esto es para usted.- Me tendió una copa de Champagne y una tarjeta.

Mónica Bernard, Asesora Financiera. Había una dirección de correo electrónico y un teléfono. En el dorso había escrito, con una caligrafía pulcra:

Siempre estaré cerca
La tierra que visito
es la tierra de los poemas
que para mí has escrito

James Laughlin, era una bonita manera de cerrar un encuentro.

Todo acaba como las cosas que empiezan, probablemente, mal. Me acostaría solo, me despertaría más solo aún. Richard tenía razón, es más bonito cuando puedes recordarlo. Tenía un teléfono. Guardé la tarjeta. Era una pequeña victoria.

4 comentarios

  1. Vitote · febrero 7, 2011

    Me ha gustado, sí señor…¿Tan de moda están los antihéroes Bukowskyanos?Habrá quien diga que el chicle no se puede estirar, pero siempre son bienvenidos…esa mezcla de derrota y esperanza, de suciedad y opulencia…

    A cuidarse

  2. Ramón · febrero 8, 2011

    Estoy impresionado. Pareces un clásico de novela americana. Besossss.

  3. Aarón Blanco · febrero 9, 2011

    ‎”Interrogué a Nagasawa tras acostarme con tres o cuatro chicas. ¿No se sentía vacío tras haber hecho aquello setenta veces?

    – Que te sientas vacío demuestra que eres un tio decente. Es algo positivo -dijo-. No ganas nada acostándote con desconocidas. Sólo consigues cansarte y odiarte a ti mismo, a mí también me pasa”

    Haruki Murakami **Tokio Blues**

    Hank, ¿¡te gusta Hank verdad¡? mi verdadero y obscuro colega… Hank. No pares de escribir, y no dejes de escribir al parar. Aquí tienes a uno para leerlo, sea o no.

  4. Maite · marzo 2, 2011

    Pues la verdad es que me gusta, me has dejado con ganas de seguir leyendo jiji
    ¿Tienes pensado continuar con el relato?

    Besos 😉

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