Madurar

En las horas cargadas de dudas,
en las estaciones más frías,
dame minutos de soledad.
Cuando todo se derrumbe
y las miradas se queden ancladas en poemas viejos;
cuando nada valga todo
y todo sea lo último que podamos apostar,
dame salidas de emergencia.

Se agotan las balas de un cargador sin fin,
como las palabras en los versos más amargos.
Los veranos que vivimos paseando por Dublín
ya no son más que recuerdos de postales amarillentas,
veladas por un sol de enero que no calienta como ayer.

Dame noches oscuras,
a veces.
Dame noches de luna llena
cuando tenga ganas de desengancharme.
Dame olor a tierra,
como el sabor de tus labios en primavera.

Los cafés son afluentes de secretos mal guardados,
las camisas se esconden en periódicos del día
y los perros olisquean las esquinas húmedas de vida amarillenta
teñidas por los besos que te robé buscando tus caminos.

Déjame miradas de reproche cuando no sepa mentirte,
dame tus muñecas para aferrarme como un clavo ardiendo,
déjame tus manos cuando llore…
“he cambiado”
te lo prometo, he quemado todo el lastre,
mi tiempo se convertirá en tuyo,
saldré de los portales
escribiré sobrio
y contaré los otoños de tus caderas…
… si te quedas una noche más
porque “he cambiado”.

Créeme.

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