Los días de lluvia

Adoro la lluvia en Bilbao, pasear por estas calles que desprenden un olor a humedad tan característico, que se te pega a la pituitaria y no te abandona en días. Observar a la gente danzar asíncronamente, resguardándose del frío y del agua; caminar apurando un cigarro, sin rumbo fijo, mientras mis pensamientos me llevan a otro momento, a otro lugar.

Los días de lluvia son como tú, intensos, directos; por momentos eclécticos, pero, sin duda, únicos y diferentes. Muestran el lado más cierto de la gente, aquel que no puede resistir el envite del agua y, como un papel mojado, se desarma dejando al descubierto la realidad de cada uno. Contigo me ocurre lo mismo, a pesar de que preparo cada frase, cada gesto, cada mirada, por mucho que pretendo mostrarme como me ven los demás, acabas empapándome y se resbala mi coartada.

Y ahí me tienes, calado hasta los huesos, buscando una excusa, un jodido y estúpido pretexto para sacarte una sonrisa, mientras me pregunto cómo cojones podré hacer para desmontar tus trampas y coberturas y, así, acercarme a campo descubierto, sin temor a que me alcance la metralla o a que salgas huyendo.

Adoro los días de lluvia, porque a pesar de hacerme zozobrar me inspiran. Como tú.

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