Libros amarillos

Coincidíamos todas las mañanas en el metro,
penúltimo vagón,
asientos junto a la ventana.

Ella, abrigada hasta las cejas,
con dos ojazos azules iluminando el tren.
Yo, con mis libros amarillos y desgastados.
Nos mirábamos,
nos colocábamos de tanto silencio,
saciados de pupilas e iris.

Hasta que en San Inazio subía él,
trajeado y con un maletín de cuero.
Se besaban y yo volvía a mis libros.

Un comentario

  1. manuelaresti · febrero 26, 2013

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