Dos viejos

Les veo agarrados de la mano,
como quien se aferra a cada segundo
de una vida que ha dibujado
demasiados surcos en su piel,
clareando esas miradas,
desgastadas como mis botas.
Caminan despacito
mientras hablan del frío
y de la lluvia que caerá el día de Reyes.

Él habla más alto que ella,
le escucho perfectamente
un metro y pico por detrás.
Ella se acerca para responderle
suavemente.
Y se aprietan las manos
y la vida,
amueblada ya con el paso de las noches;
de aquellos trenes que cogieron
y dejaron escapar,
de los silencios que rompieron
y de las palabras que se tragaron.

Les veo agarrados de la mano,
y me fumo la sonrisa que se me dibuja
pensando en la voluntad de los inviernos,
la fragilidad de las primaveras
y en el devenir de los veranos,
todos anclados en aquellos finos
y moteados
dedos arrugados.

Pienso todos los errores
que me sacaron del camino.
En los aciertos que me arrimaron
al calor de algunos soles.

Pienso en todas esas manos
que apreté buscando atrapar cada suspiro
de todo aquello me llevó hasta esta carretera,
pateada y solitaria.

Les veo agarrados de la mano
y descubro que soy parte del tiempo
que habéis olvidado en el rincón.

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