Aquellos atardeceres

Es tan fría la ciudad
alocada y egoísta
barnizada en lluvia,
ausente
y egoísta.
Ignorante,
olvida sus propias reglas,
las leyes que la rigen.
Me desquicia,
me desespera,
enerva mis pasiones
pero la llevo en vena,
tatuada en el hipotálamo.
En estas calles he vivido
atrapado en aquellos atardeceres
con cristales violetas y brillantes.
La odio,
pero no puedo dejar de visitarla,
porque quiero vivir,
para siempre,
en aquellos atardeceres.
Y buscarme en los reflejos violetas de sus cristales,
ya no brillan como ayer…
igual que yo.

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