Aquellas tazas de café

-¿Sabes cuál fue nuestro problema? -disparé sin pensarlo. Su pelo caía lacio sobre los hombros, la luz de la luna iluminaba tenuemente la escena, mientras ella me miraba, entre tierna, divertida e intrigada. La noche era precisa, un dibujo de primavera con olor al verano que se acercaba. Se sentaba en frente sobre una butaca, yo la observaba con el dolor que produce el pasado.

-Sí, que nunca tuviste el valor para aceptar que fuimos demasiado deprisa, que nos quisimos con todo nuestro ser, que nos hicimos daño sin saber pedir perdón y que nunca, nunca quisiste volver hacer aquello para lo que has nacido, escribir. Olvidaste ese don que te han dado para encerrarte en tu falta de cabeza -ni si quiera pestañeó, soltó todo aquello de golpe como si lo hubiese estado ensayando durante años de forma metódica.

Se levantó y encendió un cigarro que rompió la oscuridad durante unos segundos, iluminándola tenuemente, confiriendo un aspecto fantasmagórico a su profunda mirada. No había rencor en sus palabras, sí una tristeza antigua y madura, como un dolor de pecho que se te pega y te encoge el corazón sin dejarte respirar con normalidad. Una sirena en la lejanía nos recordó que estábamos en el ahora y que el pasado se quedó en aquella casa a las afueras de la ciudad.

Una mañana ella ya no estaba. Había recogido todo y se esfumó, dejándome una escueta nota sobre la cama: “Tienes que encontrar tu camino y volver a escribir. Yo no puedo ayudarte”. La casa se me cayó encima, las paredes me aplastaban y me costaba enfocar la mirada. Durante veinticuatro horas permanecí en la habitación con una botella de whisky, tabaco y esa nota. Dormía, fumaba, leía, bebía y dormía de nuevo.

-Vaya, bonita forma de resumir un amor que duró tanto tiempo -añadí con una sonrisa. Sus palabras podían haberme tumbado en otro tiempo, pero hoy sonaban como ecos lejanos de un pozo sin agua.

-Y ¿cómo lo resumirías tú? -se acercó hacía mi mientras apagaba el cigarrillo. Se sentó mirándome de frente y acercó su cuerpo. Podía oler su perfume, el mismo de siempre. Hay cosas que nunca cambian a pesar del paso de los años.

-Nos quisimos muchísimo… demasiado, cometiendo el error de hacerlo bien desde el principio. Y eso supuso un enorme peso sobre nosotros para seguir y… nos hundimos -ella bajó la mirada por un instante, yo no dejaba de mirarla fijamente.

Levantó la cabeza y la mirada. Algo había cambiado o al menos su rostro reflejaba una serenidad que antes no estaba ahí, como si de repente algo que llevaba tiempo oculto hubiese salido al exterior.

-No te preocupes -sonreí- Hay tantas cosas que echo de menos de aquellos días. Nos pasamos toda la vida viviendo deprisa, sin prestar atención a los pequeños detalles. Vamos marcando el rumbo, como autómatas, sin valorar nada de lo que tenemos. Nos escudamos en la falta de tiempo para escucharnos y para hablarnos y, al final, quemamos aquello que estaba vivo. Echo de menos aquellos cafés a media tarde, fumando un cigarro en la cocina mientras hablábamos de todo y de nada, mientras me contabas cómo te había ido el día o mientras leías las últimas páginas de lo que acababa de escribir -encendí un cigarro. Hay cosas que no cambian con el paso del tiempo.

-Esos momentos, esas pequeñas cosas están ahí. No se han esfumado. Tienes que volver a tomarlas y plasmarlas sobre el papel, porque tienes el don de contarlo, de darle vida. Y allí volveré a estar, volveré a tomar el café en la cocina y repasaré tus manuscritos. Porque nunca me he ido mientras me recuerdes. Insufla vida a esos instantes. Escríbelos y atrápalos -sin darme cuenta ella había cogido mi mano y la apretaba con fuerza. Sus finos dedos se escondían entre los míos. Cuando me percaté de ello me soltó y el frío de la noche se volvió más intenso.

-Aquello se esfumó. Ya no hay forma de volver a darle vida. No quiero volver a atraparlo con palabras y desvirtuarlo, solo quiero… solamente quiero regresar a ese punto en el que te hacía feliz – aplasté la colilla en el cenicero y me levanté, nuestros cuerpos se rozaron.

Nos conocimos hace siete años. Lancé mi primera novela por aquel entonces, ella acudía a clases de Periodismo. Coincidimos un par de veces en una cafetería cercana a su facultad, intercambiamos, primero, miradas, luego palabras, ella dijo una cosa, yo dije otra y, finalmente, acabamos en la cama, encerrados en la habitación de mi apartamento durante días. Cuando quise darme cuenta deseé pasar el resto de mi vida en ese cuchitril.

Fueron los meses más intensos de mi vida y, también, los más prolíficos; escribí los esbozos de la que sería mi segunda novela, aquella que me consagró y que, trágicamente, me llevó al cine. Quiso dejarme, pero al final acabamos juntos, convirtiéndonos en el típico de los tópicos, pero felices.

-Sí, me hiciste feliz, pero también me volviste loca… luego maduré -la noche refrescaba y ella se echó un manta que yacía flácida sobre las tumbonas, yo me puse la americana y sonreí a sus palabras.

-Así que tú maduraste y yo…

-Tú dejaste de creer en ti, abandonaste y te rendiste, destruyéndote y acabando con todo a tu paso. Nunca has dejado de repetir lo que te cuesta escribir, lo duro que se te hace, pero al final siempre te reponías, hasta que la autocomplaciencia terminó su trabajo. Te acojonaste y huiste.

Las ventanas reflejaban mi rostro mientras encajaba cada una de sus palabras, las escuché, las entendí, las devoré y las tragué. Vi su cara reflejarse detrás de mi, me miraba como el niño que observa un juguete roto, decidiendo si intentar arreglarlo o tirarlo a la basura… ella hacía tiempo que había tomado la decisión.

-Me perdí entre los recovecos y las vueltas de este mundo enorme y malo, parpadeé y desapareció el momento… No supe entender qué hubo entre nosotros, pero saltaste al vacío por un tipo como yo.

-Jon… -sus palabras se perdieron o yo no las supe entender. La sentí moverse y alejarse. Escuché cómo la puerta de la terraza se cerraba, quedándome solo en la oscuridad con la única compañía de la banda de grillos que interpretaba algún tema musical que no reconocí.

“Volveré a escribir y te atraparé. Volveré a dibujar aquellos días en los que te hice feliz y se quedarán conmigo, atraparé esos instantes. Regresaré a aquellas tazas de café”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s