Aquella amistad

No hay abrigo para la inocencia de aquella amistad,
forjada bajo el manto de noches descorchadas,
de carreras por avenidas dobladas en escaparates,
no hay dudas ni naufragios,
solamente manifiestos pactados bajo el color de septiembre,
concesiones y licencias para tender los puentes,
los bares y las canciones de nuestro ADN.

El recuerdo de aquella amistad es como mirar fotos grises
escondidas en cajones sin llave,
pero con los cepos de la melancolía emboscados.
El recuerdo de aquella amistad es como volver a la Facultad,
a los pasillos de otoño repletos de paraguas desquiciados.
Aquella amistad se forjó en las trincheras
con las balas de carmín silbando sobre nuestras cabezas.
Y al final…
… al final celebrábamos que el Séptimo de Caballería o la Tuna nos salvase,
casi siempre,
de novios ofendidos,
de dudas en los ojos y de amaneceres solitarios.

En aquellas habitaciones donde transigíamos el cambio de estación
y los botellines eran emisarios de mi poesía inocente
y tus escritos anexionaban el mapa de Polonia,
todavía teníamos el sabor de los sueños en las mejillas.
En aquellas habitaciones escondíamos las vergüenzas
y las pérdidas ancladas a las suelas de nuestras botas,
tan gastadas y heridas como la ciudad de nuestros últimos semestres.

Estos recuerdos viven dos veces al ser rememorados,
se parten y se esparcen,
y quedan anclados en la doblez del hoy y del pasado,
en la vida que llevo guardada en mi chaqueta,
junto al carné de identidad.

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